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jueves, 23 de febrero de 2017

La capilla de El Pedrosu, en Onís

La ermita, dedicada a San Julián, es del siglo XVII y tiene unas interesantes pinturas


Vista general de la capilla de San Julián, en la localidad de El Pedrosu, en Onís. FOTO: JAVIER G. CASO

Por JAVIER G. CASO

Nuestro entorno rural nunca dejará de sorprenderme. En esta ocasión ha sido la capilla de San Julián, en El Pedrosu (Onís) en cuyo entorno acomete estos días trabajos de mejora el consistorio oniense. Al pie de la ermita se ha levantado una escollera que, si bien de mano sorprende un tanto, lo cierto es que evita cualquier peligro de que la capillina se pueda venir abajo si el terreno cede. El vecino más próximo, Álvaro Asprón, ejerció de improvisado guía y, muy amablemente, me aportó datos más que interesantes de esta modesta edificación religiosa levantada, me explicó, en 1656.


De inmediato le digo que sí cuando este vecino, custodio de la llave de la ermita, me invita a visitarla. Atravesar su pórtico empedrado y franquear la puerta de madera situada bajo un arco de medio punto, permite disfrutar de un interior más que interesante. El pavimento de la capilla, lejos de ser de piedra o de un moderno terrazo que sustituyó al original como ha sucedido en muchas iglesias, está formado por unos ladrillos de considerable tamaño. A partir de ahí llama la atención su decoración pictórica del arco triunfal que separa la nave del altar. En el pilar de la izquierda aparecen sendas cruces pintadas en tono ocre una sobre la otra. La de más abajo está pintada dentro de un círculo; en el frente del pilar del lado derecho hay pintadas lo que parecen ser las figuras de algún animal. En el lateral del pilar derecho lo que aparecen representadas,de una forma muy elemental y esquemática, son dos figuras humanas a distintas alturas. La más alta y de mayor tamaño porta una especie de bastón alargado en forma de cruz. Por su parte en las impostas de las que arranca el arco aparecen decoraciones geométricas y unos pájaros. Ya en el altar mayor, presidido por un retablo de madera, en la pared de la cabecera hay más pinturas, una decoración pictórica bastante mal conservada. Preside el altar la figura de San Julián, acompañada a los lados por un Corazón de Jesús y una Virgen.

Vista del arco triunfal y, al fondo, el altar, de la capilla. FOTO: J. C. 

Decoración pictórica con motivos animales y geométricos. FOTO: J. C.


Figuras humanas pintadas. FOTO: J. C. 

Cruces pintadas. FOTO: J. C. 
Lo más feo de esta capilla es, sin duda, el muro de hormigón que rodea el pórtico y que, me imagino, sustituyó hace años al muro de sillería original. Posiblemente la actuación evitó que el techo del porche de la ermita se viniera abajo, pero la buena actuación no evita poder decir que se hizo a costa de destrozarlo por completo. Lo que sí conserva el pórtico es un desigual empedrado a base de regodones de río, unas piedras de distinto tamaño, distribuidas en cuadrantes.

Pórtico empedrado. FOTO: J. CASO


Aunque ya no puede contemplarse, según este vecino, en su día hubo pila bautismal en la capilla de El Pedrosu, dónde ahora hay unos once vecinos pero que, según Álvaro Asprón, llegó a tener hasta doscientos habitantes en su día. El Pedrosu pertenece a la parroquia de La Robellada, pero su ermita, según este vecino, pudo ser parroquia hace siglos. Hasta hace cien años en este pueblo oniense se festejaba a San Antonio de Padua, del que aún se conserva una talla de buen porte que luce en el lateral izquierdo del presbiterio de la ermita.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Carreteres y samartinos

Una tradición rural, la de matar el gochu, que sigue viva

Un grupo de vecinos de Onao, en plena faena de pelar el gochu. FOTO: J. G. CASO





El gochu, ya colgau. FOTO: J. C.

 Por Javier G. Caso

Informar de lo que acontece por los pueblos es lo que tiene. Te acercas para hacer un reportaje sobre el inicio de las obras de una carretera y te topas con un grupo de vecinos haciendo el sanmartín o samartín. Sucedió hace unos días en la localidad de Onao (Cangues d´Onís/ Cangas de Onís). Y cuchillo en mano, haciendo una pausa mientras pelaban el gochu, los paisanos relataron lo importante que es para ellos disponer de una carretera decente, sin baches, para llegar a sus casas.

La escena de la matanza, por lo demás, invita a una cierta reflexión. De una parte no hay más que confratularse de que este tipo de tradiciones rurales se mantengan, por más que algún urbanita ignorante y despistado sea capaz de tacharlas de barbaridad. En fin... Estamos en un país en el que no cabe un tonto más. A la vez, la escena muestra que los pueblos, pese a todo, siguen vivos y que la colaboración vecinal, una de sus señas de identidad; y la costumbre de juntarse para matar el gochu, siguen presentes. Como siempre se hizo en los pueblos y aldeas asturianas. Y que sigan así. Por muchos años.



Vista de Onao, desde Perlleces. FOTO: J. C.

 

martes, 7 de febrero de 2017

Lagos, hielo, selfies y mentecatos

Una bella estampa invernal, la del lago Ercina congelado, de la que algunos no supieron disfrutar

 

Vista general del lago Ercina, casi congelado por completo. FOTO: JAVIER CASO

Por Javier G. Caso

La invernal y espectacular imagen de un lago Ercina casi congelado por completo tuvo su peor cara el pasado domingo 22 de enero cuando unos descerebrados decidieron convertirlo en una especie de pista de hielo como las que, durante las pasadas navidades, estuvieron instaladas en Oviedo y Gijón. Y claro, el hielo del Ercina se quebró bajo sus pies y hasta siete personas terminaron empapadas. Los mismos domingueros que son capaces de subir a un niño a lomos de una vaca mientras está tranquilamente tumbada en una campera para hacerle una foto a su retoño, o quienes son capaces de hacer la ruta del Cares en alpargates, son los que ahora se deciden a ir más allá adentrándose en un lago de montaña parcialmente congelado.

En fin. Allá cada uno. Pero ni el espesor del hielo, ni el lugar son los adecuados para hacer una tontería así. Soy de los que pensaba que en el lago Ercina, el más pequeño de los Lagos de Covadonga no hay profundidad suficiente como para cubrir por completo a una persona adulta; de ahí que cuando se supo que varias personas se habían precipitado al lago tras hundirse el hielo que pisaban, tan sólo pensé: bueno, los pies mojados o como mucho empapados hasta la cintura. Un chapuzón no deseado y que espabilen. Pero no. Resulta que hay puntos concretos del Ercina en los que puede haber hasta dos metros de profundidad. Y eso ya son palabras mayores. Si alguien se hunde justo ahí, igual no sale. No digamos nada si esa tochura de caminar sobre el hielo, alguien decidiera llevarla a cabo en el lago Enol, con profundidades de hasta 24 metros.

Lo cierto es que vivimos tiempos de locura. Los autorretratos fotográficos, los populares selfies, unidos a un cierto afán exhibicionista al que luego damos carrete en las redes sociales, es lo que suele estar detrás de todas estas pijadas. Ya no vale fotografiarse con un lago helado detrás. No. Ahora lo que mola es hacerse la fotito sobre el mismo lago. Verás que envidia le vamos a dar a los colegas y, al mismo tiempo, verás los muchos me gusta que sumaremos de nuestros seguidores en Facebook o Instagram. Por fortuna no pasó nada. Como mucho una buena moyadura y, a buen seguro, un constipado. Pero, por favor, seamos serios. Se trata de un Parque Nacional, el de los Picos de Europa. Y si el baño está prohibido en Los Lagos de Covadonga, una medida más o menos discutible, tal y como advierten un buen número de carteles, ¿ hace falta que también se coloque una señal que diga expresamente que tampoco se puede pasear sobre sus aguas congeladas? Esto no hay quien lo entienda. Se supone que nunca hemos estado tan bien informados como ahora. Sin embargo, luego la peña actúa y se comporta como auténticos ignorantes.

Vista general del Lago Enol, con aves acuáticas sobre el agua. FOTO: J. C.

 
Una focha del Ercina, en aguas del lago Enol. FOTO: J.C.

Debo estar haciéndome mayor. Contemplar días atrás el Ercina congelado, lejos de invitarme a a cruzarlo como a esos desaprensivos, no sé si con la idea de imitar a algún explorador del Ártico, tan sólo me llevó a recordar una anécdota que recuperé de la novela Tomates verdes fritos en el Café de Whistle Stop, que leí hace ya unos años. Una de sus personajes, una señora mayor, contaba una leyenda genial: hablaba de la súbita congelación de un lago en Alabama. Y de cómo los patos que lo habitaban, lejos de morir de frío allí atrapados, salieron volando y se llevaron el lago con ellos hasta el vecino estado de Georgia. En el caso del Ercina, antes de que se llegara a helar por completo, las fochas que lo habitan todo el año, lo que hicieron fue huir del hielo y trasladarse hasta el vecino lago Enol sobre el que se las podía ver nadar tranquilamente. Ni estas aves acuáticas que pesan bastante menos que una persona, osaron pisar y caminar por la superficie helada del lago Ercina. Por si acaso.

 

Once miradas al Paraíso

La Casa de Cultura canguesa acoge una interesante exposición fotográfica con los paisajes del entorno de Cangas de Onís y los Picos de Europa como grandes protagonistas

 

Cartel anunciador de la muestra, a la entrada de la sala de exposiciones de la Casa de Cultura. FOTO: J. CASO

 
Por JAVIER G. CASO

Once miradas al Paraíso. Así se titula la muestra fotográfica que, desde ayer lunes y hasta el próximo 28 de febrero, permanecerá colgada en la sala de exposiciones de la Casa Municipal de Cultura de Cangas de Onís. En ella pueden contemplarse una amplia variedad de imágenes dedicadas, sobre todo, al paisaje y a la naturaleza, pero también al paisanaje del concejo de Cangas de Onís y de esta comarca de los Picos de Europa.


Una visitante, contemplando algunas de las fotos expuestas. FOTO: J. C.


 Precisamente los Picos de Europa, a los que el fallecido escritor José Ignacio Gracia Noriega bautizó como los Grandes Grises, en alusión al color característico de su roca caliza, son uno de los grandes protagonistas de esta exposición. Las fotos que la integran son obra de once fotógrafos aficionados locales cuyas instantáneas, en la mayoría de los casos, destilan amor y pasión hacia las personas y los paisajes fotografiados. José Allende, Fernando Moro, Laura Coviella, Alejandro López, Santi de la Vega, Javier Remis, Sergio Castaño, Silvia Castro, Pedro Castro, María Antonia Poza y Cori Castro, componen la nómina de fotógrafos cuyos trabajos se pueden contemplar en la Casa de Cultura y que, en algunos casos, exponen sus instantáneas de una forma pública.

Fotos: J. C.


La exposición bien merece una visita al centro cultural cangués. No les va a defraudar. Hay imágenes que merecen mucho la pena. Como los retratos de Laura Coviella, cuya detalle de la feria de Corao transmite a la perfección lo que es la dureza de la vida campesina. O las fotos nocturnas tomadas por José Allende en Cebolleda y Vega Redonda, en pleno corazón del Macizo Occidental de los Picos de Europa, unas instantáneas de las que, por otra parte, alguna ya obtuvo algún reconocimiento en el prestigioso concurso fotográfico del Memorial María Luisa. Pero hay mucho y bueno en qué escoger...




Fotos: J. C.


Contemplar la exposición invita a reflexionar y a pensar, por qué no, en organizar una segunda muestra fotográfica al aire libre, distribuida por las calles de Cangas de Onís, con una selección de las mejores instantáneas reproducidas a gran formato. Sería ideal poder organizarla de cara al verano, a fin de que los miles y miles de turistas que visitan la capital canguesa durante la temporada estival, puedan disfrutar de algunos de nuestros paisajes más bellos tal y como los han captado con sus cámaras este grupo de entusiastas y amantes de la fotografía.


miércoles, 18 de enero de 2017

Kiko Vega, todo un Phileas Fogg de la piragua, hace historia en el Río Negro

La K-2 formada por el palista cangués y el esloveno Jost Zakrajset, se convierte en la primera embarcación no argentina en proclamarse ganadora absoluta de la regata más larga del mundo

Vega y Zakrajset, el pasado mes de noviembre en La Llongar antes de partir para el Ardeche. FOTO: J. CASO
 Por JAVIER G. CASO

Kiko Vega es un trotamundos, y si lo comparamos con el protagonista de La Vuelta al mundo en 80 días, todo un Phileas Fogg de la piragua. Su pasión por el piragüismo lo ha llevado a competir por todo el mundo en numerosas pruebas de maratón. Y con éxito. Su último viaje al otro lado del Atlántico, a tierras de la Patagonia argentina, viene acompañado de un gran triunfo deportivo. Acompañado por el esloveno Jost Zakrajset en K-2, el palista cangués ha logrado la victoria en la Regata Internacional del Río Negro, que se disputó días atrás a lo largo de 300 kilómetros entre las provincias de Neuquén y Río Negro, la prueba piragüística más larga del mundo y que Kiko Vega ya había ganado en K-1 en anteriores ediciones. Ahora la pareja Vega-Zakrajset se convierte en la primera tripulación no argentina en proclamarse vencedora absoluta de esta prueba a lo largo de sus 46 años de historia.

Este triunfo histórico apuntala aún más a este dupla formada por estos dos palistas roxos, y de gran parecido físico por otra parte. Ya compitieron juntos el pasado mes de noviembre en el descenso del río Ardeche, en Francia, logrando un meritorio segundo puesto; todo un anticipo de esta reciente victoria en Argentina. Un poco antes, Kiko ya había viajado el año pasado a tierras sudafricanas para participar en el Hansa Fish River; en esta ocasión en K-1, la disciplina deportiva que más ha practicado a lo largo de su larga y exitosa carrera deportiva. El Fish River es una competición en la que, a juzgar por el altísimo caudal del río y lo turbio que baja, más parece parece una prueba de aguas bravas que un descenso de piraguas.

Como el propio Vega reconoce, fueron los vídeos de esta carrera sudafricana que vio de críu en casa de Ramonín en La Llongar, junto a otros niños cangueses, entonces todos ellos aprendices de piragüista, los que hicieron prender en él la ilusión por llegar algún a disputar pruebas como ésta por todo el mundo. Tiene claro que salir al extranjero le ha hecho aprender mucho acerca del piragüismo, un deporte en el que se ha labrado un importante prestigio con el paso de los años. Vigente ganador en K-1 del Descenso Internacional del Sella tras su triunfo en la pasada edición, está por ver si este año Vega, que desde hace años corre con la Sociedad Cultural y Deportiva de Ribadesella, se decide a disputarlo en K-2 junto a su compañero esloveno. Desde luego la victoria en el Río Negro da cuenta del enorme potencial competitivo de estos dos deportistas, Kiko y Jost, llamados a obtener nuevos éxitos deportivos a lo largo de la próxima temporada a poco que se les den bien las cosas. Ya veremos. Atentos a estos dos rubios.

 

domingo, 3 de abril de 2016

Último adiós a Ramón Aranguez

!Esta vez no fueron buenos días por la mañana!

 

Ramón Aranguez, en la entrada al depósito de agua de Cangues d´Arriba. FOTO: JAVIER G. CASO

Por JAVIER G. CASO

Era una de sus muchas frases graciosas y ocurrentes. Tanto que, de tanto repetírsela domingo tras domingo, al final algunos de los senegaleses que desde hace años ejercen como vendedores en nuestro tradicional mercau semanal, acabaron haciéndola suya. Y así, cada vez que alguno de ellos franqueaba la puerta de la cafetería del Hotel Plaza a la que acudían a desayunar, siempre saludaban de la misma manera: “ ¡buenos días por la mañana!”. Y él, que estaba trasteando y echando una mano a Fernando detrás del mostrador, les contestaba con esa sonrisa que siempre tenía en la cara: “¡buenos días por la mañana, hombre!”.
Así era Ramón Aranguez Severino, Ramón el fontaneru o Ramonín el de Lucio, como lo conocíamos en Cangas de Onís y al que este domingo dábamos el último adiós en nuestra iglesia parroquial, mientras en La Plaza, su barrio desde hace muchos años, se celebraba un mercau más. A sus 77 años, Ramón era de esos cangueses que conocía a todo el mundo y que, con una memoria prodigiosa, atesoraba infinidad de anécdotas y de historias que contaba como nadie. Ramón se conocía al dedillo la pequeña y la gran historia canguesa de los últimos sesenta o setenta años. De su mano conocí, por ejemplo, que el callejón peatonal que va desde La Carreterona hasta las inmediaciones de la Plaza, por detrás de la calle del Mercau, se llama la calle del Campón.
¿A qué tú no sabes quien era fulanito? Te preguntaba Ramón, sabedor de que a uno no hay cosa que más le preste que recabar información y datos de aquel Cangas en el que crecieron nuestros mayores. A su pregunta sucedía una detalladísima y documentada explicación por parte de Ramón acerca de aquel personaje desconocido. Lo mismo te contaba dónde estaba tal o cual negocio cangués de antaño que una aventura protagonizada por algún cangués. ¡Qué lástima no haber grabado aquellos momentos! Pero siempre quedará el recuerdo de esas improvisadas charlas. Además de excelente conversador, otra de sus pasiones fue la música coral, que practicó durante décadas en el Coro Peña Santa de la mano de su tocayo Ramón A. Prada.

Ramón, dentro del depósito. FOTO: J. G. CASO



 
Por su condición de fontanero municipal, a Ramón le tocó estar a pie de obra cuando se ejecutaron las últimas traídas de agua, así como las redes de distribución y los enganches domiciliarios. Tanto en la capital canguesa como en muchos pueblos. Y a falta de planos, como Ramón tenía en su cabeza por donde iban todas y cada una de las tuberías, no faltaron las ocasiones en las que, hasta ya jubilado, venían a buscarlo los obreros a casa cada vez que iban a abrir una zanja, no fuera a ser que reventaran la tubería del agua.
Pero antes que fontaneru, Ramón aprendió el oficio de hojalateru de su abuelo Lucio. Ahora los quesos y los embutidos se envasan al vacío. En plástico. Pero de aquella, como él mismo me contó, iban en lata. A ellos les tocó hacer muchos de esos recipientes a medida de hojalata. Y así, en conserva, viajaron hasta América y cruzaron el Charcu, con destino a países como Cuba, México o los Estados Unidos, quesos de Cabrales, de Gamonéu, chorizos y morcilles. Pero uno de sus trabajos más curiosos fue sin duda cuando, allá por 1963, año en el que se inauguró nuestra iglesia parroquial, tuvo que engolase en la cruz que preside la espadaña de la iglesia para soldar el pararrayos. Y lo hizo sentado en los mismos brazos de la cruz, a más de 30 metros de altura, como él mismo recordaba hace tres años cuando se celebró el cincuenta aniversario de la construcción del nuevo templo parroquial cangués.

Durante años Ramón cloró los depósitos municipales. FOTO: J. CASO


En este mundo no va a quedar nadie. Eso está claro. Pero, joder, qué duro es que la parca se lleve en veinte días a una persona tan apreciada y querida sin que nadie sospechara lo malín que estaba. Este sábado a media mañana sonó el teléfono móvil. Vi la llamada y ya me imaginaba lo que me iban a contar. Era la noticia de tu fallecimiento. Desde luego, Ramón, esta vez lo que me dieron no fueron los buenos días por la mañana. Sirvan estas líneas para rendir homenaje a una persona tan buena como cariñosa con todo el mundo y a la que, si bien conocí ya de criu como el padre de uno de mis mejores amigos, con el paso de los años acabó por convertirse en un amigo más. Mira que te prestaba llegar y decirnos de repente sin venir a cuentu: ¿a qué no sabéis cuántos días quedan pa San Antoniu? Vamos a echate de menos Ramón. Pero estoy seguro de que desde ahí arriba, esos días, los seguirás contando para todos nosotros.


 

miércoles, 24 de febrero de 2016

Enraizados con la historia local

El escritor y naturalista Ignacio Abella publica "Árboles de Junta y Concejo. Las raíces de la comunidad"
 
Portada del último trabajo de Ignacio Abella. FOTO: J. CASO

La publicación permite conocer unos árboles emblemáticos, en muchos casos centenarios, y  tan queridos como maltratados

Por JAVIER G. CASO

En estos tiempos de Internet, de redes sociales y relaciones virtuales, hay quien como Ignacio Abella centra su atención en aquellos árboles que, durante siglos y siglos, fueron testigos del devenir diario de las comunidades locales hasta el punto de llegar a convertirse, en muchos, en verdaderos símbolos o tótems. Los mismos bajo los que muchos pueblos se reunían para tratar, discutir y acordar todos aquellos asuntos que los concernían.

Editado por Libros del Jata, el nuevo trabajo del naturalista y escritor Ignacio Abella lleva, precisamente, por título "Árboles de Junta y Concejo. Las raíces de la comunidad". Hablamos de unos árboles que fueron testigos mudos de la historia local. Por sus páginas desfilan robles, texos, olmos... Son más de un centenar los árboles citados en este libro, repartidos por la práctica totalidad de las comunidades autónomas españolas, de Portugal, nuestro vecino peninsular, así como de otros países europeos como Francia, Italia o Bélgica. No faltan tampoco menciones y referencias a otras partes del mundo. Y es que la figura del árbol de la palabra está muy presente en todo el planeta, asegura Abella. Desde la península arábiga al continente africano, América Central y del Sur o Australia. El objetivo del libro es recoger la memoria de todos esos árboles bajo cuyo ramaje se tomaron todo tipo de decisiones en el ámbito local o, como mucho comarcal. En concejo público o junta. Unas reuniones que tienen lugar desde tiempos inmemoriales, desde mucho antes que existieran las casas consistoriales o los juzgados. Asegura Abella que su libro es algo así como “un catálogo o inventario de la memoria, una crónica de la relación entre los seres humanos y los árboles”.

Afincado en Asturias desde hace más de 25 años, Ignacio Abella inició sus trabajos de campo, sus estudios, acerca de los árboles de concejo allá por 1990. Muchos de los reseñados en su libro son árboles que se reparten por distintos pueblos, aldeas y rincones del Principado de Asturias, una región que, asegura el escritor, conserva muy viva la memoria de esos árboles de reunión y comunidad, de hecho aún hay gente mayor que recuerda perfectamente haber asistido a estos concejos. Así nos habla de árboles como el desaparecido texu de Seloriu (Villaviciosa) o el rebollo de Bermiego, caído en abril de 2014, de la texona de Bermiego, los texos de Mier, Melendreros o Santibáñez. O los tres texos de Abamia. De ellos, el más grande y antiguo, con más de 400 años de historia, es el que se asienta más cerca de la iglesia románica de Santa Eulalia de Abamia, en la que según la tradición fue enterrado el rey Pelayo. La iglesia se levanta en un lugar que albergó enterramientos en tiempos prehistóricos, un dolmen del que se conserva una única pieza, una losa u ortostato que se expone en el Museo Arqueológico Nacional, si bien Cangas de Onís existe una reproducción de esa piedra decorada con lo que se denominó como el ídolo de Abamia. Quien sabe si los texos que rodean el lugar donde se levantó el dolmen son herederos de otros árboles anteriores que allí pudieron existir ya desde tiempos prehistóricos y bajo los que ya se reunirían quienes entonces habitaban el valle del Güeña

Vista del texu principal de Abamia, junto a la iglesia románica. FOTO: J. CASO
 
Pero estos árboles que, en su día jugaron un papel capital y que eran territorio “de la identidad, lo afectivo y natural, de los vivido y lo experimentado”, como escribe Ignacio Abella han ido perdiendo utilidad. Llegaron los ayuntamientos y fueron acabando con aquel sistema asambleario celebrado en campo abierto y bajo la copa de estos arbolones. Además, y aunque resulte paradójico, en las páginas de su libro Abella da cuenta del maltrato sufrido por muchos de estos árboles totémicos, a causa de un mal entendido urbanismo que se ha llevado por delante sus entornos, los lugares en los que se levantan. Obras como las ejecutadas en Abamia, con zanjas que cercenaron las raíces de los tejos. O en Vidiago, donde su tejo agónico no ha podido recuperarse cuando años atrás echaron alquitrán a su alrededor. Hasta el mismo tronco. Sin dejarle un mínimo alcorque.

Zanjas que afectaron a las raíces de los texos de Abamia. FOTO: J. C.


 De esos ataques no se libra ni el árbol de Guernica como relata Abella. Han sido varios los ejemplares de roble que allí se levantaron desde el árbol viejo al proclamado como árbol del siglo XXI, si bien “la progresión de la longevidad viene siendo asombrosamente descendente, desde los 150 años del árbol viejo, a los 43 del nuevo y una década para el penúltimo”. Y es que como bien apunta Abella, mientras el tronco del árbol más antiguo es tratado y está expuesto como una reliquia, a los árboles de Guernica vivos de ese mismo linaje “se les somete a una incesante tortura. ¿Aprenderán las futuras generaciones a convivir con viejos árboles? ¿Durará el árbol del siglo XXI siquiera lo que queda de siglo?

Aunque más allá de recuperar su memoria, el libro tiene mucho de elegía, de oración fúnebre por esos árboles de concejo ya desaparecidos, Abella no deja de reivindicarlos e invita a plantar nuevos ejemplares por los pueblos. Con independencia de que los hubiera habido o no. Este escritor y naturalista está convencido de que, con el tiempo, el nuevo árbol “acabará reuniéndonos”. Y es que además de reivindicar la figura del árbol de junta o concejo, Abella también defiende la necesidad de recuperar este tipo de reuniones “como espacios de soberanía local”.

Finalmente la publicación concluye con una nueva llamada a concejo para completar la memoria, incompleta como casi todas, de estos árboles. Por eso Abella solicita que quien lo desee le remita cualquier testimonio e información acerca de otros ejemplares que no están incluidos en su publicación y que también jugaron ese papel de centros de reunión. Con ese objeto el libro incluye un cuestionario que, junto a imágenes, se puede remitir a arboldejunta@gmail.com incluyendo datos como una breve reseña del árbol en cuestión y sus funciones, datos del informante, documentación, relatos de la tradición...Así, al igual que sus raíces sustentaban a estos árboles de la palabra, la Red también puede jugar un papel importante a la hora de ir sumando nuevos testimonios relativos a estos árboles