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lunes, 21 de abril de 2014

Miguel Larrea: el cangués que afina los cencerros

"Un buen lloqueru tien que alejar, o sea sonar bien de lejos", explica este vecino de Llerices que aprendió a machacar cencerros con catorce años

Miguel Larrea mayando un cencerro. FOTO: J. CASO


Por Javier G. Caso


Escuchar el sonido de los cencerros, sus tintineos, es señal inequívoca de que hay ganado suelto por el monte. Y escucharlos en el puerto cangués de  la Montaña de Covadonga quiere decir que nos encontramos en plena temporada de pastos que todos los años arranca cada 25 de abril, el día del cotu.
 
Y cuando hay vacas en el puertu es como si hubiera música en el Macizo Occidental de los Picos de Europa. Los cencerros o lloqueros suenan por todos los rincones, y cuando lo hacen, si uno está atento al ritmo o cadencia de sus tintineos, puede llegar a adivinar qué está haciendo el animal que lo porta: si camina, rumia, corre o, simplemente, está rascándose contra una peña. Además los lloqueros cumplen otra misión fundamental cuando la niebla se hace la dueña de la Montaña de Covadonga y apenas hay visibilidad: se convierten en la única forma de orientarse.

Así lo explica Miguel Larrea, vecino de la localidad canguesa de Llerices, ganadero y pastor jubilado y que, desde los 14 años, domina el arte de mayar o machacar cencerros; que viene a ser lo mismo que afinarlos como si fueran instrumentos de música. “Éramos críos y a mí me enseñó Rogelio, un vecinu de aquí de Llerices”, señala Miguel mientras afina un cencerro que le acaban de traer. A la puerta de su taller, que se da un aire a las cabañas del puertu, Larrea lo machaca ayudado de un martillo con el que va dándole una serie de golpes. Suaves y certeros. Hasta conseguir que suene como es debido. “Vas dandoi a un lau y al otru y ves donde mejora y donde empeora el sonido. Entonces quitas donde empeora y das donde mejora”.

Miguel comprueba un cencerro. FOTO: J. CASO


 
Este afinador de cencerros explica que venían “sin preparar” de fábrica. Y aunque ahora apenas le llegan, es en esta época del año, a las puertas de que las vacas pongan rumbo al puertu, cuando siempre tuvo más faena. “Machaqué muchos, muchísimos lloqueros”. Miguel recuerda años en los que llegó a afinar “hasta 300”. Asegura que se trata de una labor que exige tener buen oído. Preparar uno puede llevarle desde quince minutos a una hora. “Tou depende de que coja el sonidu que yo quiera”. Y eso, reconoce Miguel, va a depender de dos cosas: de un lado la calidad del cencerro. Por el otro el afinador tiene que acertar, algo que no siempre se consigue, añade.


Cada cencerro, explica Miguel, “suena diferente”. De ahí que para un pastor o ganadero sea muy importante distinguirlos cuando sus reses están en el puerto. “Así puedes localizarles les tus vaques”, apunta este cangués, quien reconoce que eso es algo que no todo el mundo sabe hacer. “Yo conocía todos los cencerros del pueblu perfectamente, pero había vecinos que no distinguían ni los suyos”. ¿Y cuándo suena bien un cencerro? Pues cuando “aleja”. O lo que es lo mismo cuando suena desde bien lejos. Porque puede llegar a sonar a varios kilómetros de distancia. Este vecino de Llerices recuerda cómo en algunas ocasiones, dependiendo de la dirección y de la fuerza del viento, cuando se encontraba en los invernales situados por encima de su pueblo, cerca de la Cruz de Priena, era capaz de escuchar los cencerros de sus vacas. Y eso que en ese momento se encontraban pastando en Les Llaceries, por encima de Covadonga, a varios kilómetros de Llerices.

Miguel hace sonar un lloqueru. FOTO: J. CASO



Según detalla Miguel Larrea esa es una cualidad que ya se percibe en el momento de su afinado. Sentado en un tayuelu coge un cencerro al que acaba de darle varios golpes con el martillo y lo hace sonar casi a ras de suelo. “Si se ahoga abaju ya no suena porque tien que sonar igual que arriba. Si no la jodimos”, explica.  Normalmente con varios golpes se afina un cencerro, sobre todo ahora que “vienen mejor preparaos”. Aunque a veces con eso no bastaba. Había que recortarlos e incluso hacerles algún agujero para que sonaran mejor. En ocasiones también es necesario cambiarles el mayuelu o badajo. “De fábrica vienen con uno de hierro pero no valen. El mayuelu tien que estar hechu con la punta del asta de una vaca”, explica Miguel Larrea. Y aunque añade que algunos son de madera de texu, reconoce que suenan mejor “los hechos de asta”. Como buen artesano Larrea también sabe preparar mayuelos. Cuando están listos los coloca en el interior del cencerro y lo sujeta con una correa de cuero. Pero el trabajo no se acaba ahí. Es necesario un mantenimiento. Según Larrea “cada ciertu tiempu hay que cambiar les correes porque se estropean, se desgastan o se pierden”.

Apenas a cinco días de que se abran de nuevo los pastos del Parque Nacional de los Picos de Europa, las vacas andan por los praos de valles como el del río Güeña. O ya en los invernales más cercanos a la Montaña de Covadonga. Pero, muy pronto, las veremos, y las oiremos ir y venir por vegas, camperas y xerros. Será entonces, cuando al ritmo de sus cencerros, volverán a llenar de música el Cornión, como en Cangas de Onís se conoce al Macizo Occidental de los Picos de Europa.


martes, 15 de abril de 2014

Enrique Herreros: el artista que contempló las estrellas desde lo más alto del Picu Urriellu

La obra que el pintor y montañero madrileño dedicó a los Picos de Europa ya pueden contemplarse en Carreña de Cabrales en el museo que lleva su nombre

Vista exterior de la Casa Bárcena, sede del museo. FOTO: J. CASO

El Naranjo de Bulnes, pintado por Enrique Herreros. REPRODUCCIÓN J. CASO


Por Javier G. Caso

En esta Asturias de la museitis el Museo Enrique Herreros en los Picos de Europa, que acaba de abrir sus puertas en Cabrales, merece mucho la pena. Nos da la oportunidad de acercarnos a la obra de uno de los artistas que más pintó los Picos de Europa, un macizo montañoso que, por su faceta montañera, Enrique Herreros conocía como la palma de su mano. A la vez nos permite descubrir a un personaje fallecido hace la friolera de 37 años en un accidente de automóvil en Áliva cuando, precisamente, se disponía a iniciar una ruta de montaña por el Macizo Central de los Picos de Europa. Sin embargo, pese al tiempo transcurrido desde su fallecimiento, la inauguración de su museo ha dejado patente la talla de un personaje como Enrique Herreros, así como la importancia de su propia obra pictórica.

 Ubicado en la Casa Bárcena de Carreña de Cabrales e inaugurado el pasado 30 de marzo, estamos ante un equipamiento cultural en el que podrá contemplarse toda la obra artística, unos 81 cuadros, que Herreros dedicó a los Picos de Europa, así como una treintena de dibujos que, bajo el epígrafe Amor a la montaña, aunan dos de las facetas, las de humorista gráfico y montañero, de este personaje polifacético. Porque Enrique Herreros, además de pintor, fue también cartelista de cine, director cinematográfico, publicista, escritor…Hasta el próximo mes de septiembre permanecerán expuestas en Carreña, más o menos, la mitad de los fondos del museo que lleva su nombre. La otra mitad podrá contemplarse dentro de seis meses cuando se renueve la actual exposición. De esta forma, y aunque la temática sea la misma, la visita al museo será distinta porque permitirá disfrutar de obras no expuestas hasta ese momento. 


Cara Sur de la Peña Santa de Castilla. REPRODUCCIÓN J. CASO

Muchos de esos cuadros, hasta una quincena en total, tienen como protagonista a una cumbre como la del Naranjo de Bulnes, una montaña mítica con la que Herreros mantuvo una relación muy especial a lo largo de su dilatada trayectoria como montañero y escalador. También como artista. Hasta tal punto fue así que José Luis Garci afirma que Enrique Herreros “descubrió, antes que nadie, las tonalidades de esa Moby Dick irreal, violeta al amanecer, naranja al irse el sol por el Este, como en los westerns”. La de Garci es una de las firmas, junto a las de Rogelio Blanco, Diego Carcedo, Pedro Páramo, Nati Mistral, César Pérez de Tudela, Gonzalo Suárez, Juan Antonio y Maria Porto, Juan Manuel de Prada, Peridis o Javier Rioyo, que aparecen en el catálogo editado por el Ayuntamiento de Cabrales y la Fundación Enrique Herreros con motivo de la apertura del Museo Enrique Herreros en los Picos de Europa. 


Portada del catálogo del museo. FOTO: J. CASO


No faltan en la publicación textos del propio Herreros, algunos de ellos, cómo no, dedicados al Naranjo de Bulnes. Algunos explican bien a las claras el por qué de su particular idilio con esta singular montaña. “No hay exageración, el Picu es la roca máxima de nuestra accidentada orografía. La noche que pasé en su cumbre, fue una noche fantasmal y única, donde la sombra y los claros de luna se oponían en gigantescos contrastes de un desmesurado y vigoroso Rembrandt. Noche donde el silencio tenía tal categoría y magnitud que hasta una tormenta cuyas nubes coronaban la lejana Peña Vieja, era sorda y solo ofrecía cegadoras luces. Yo me imaginaba sobre un trono omnipresente y que todo estaba compuesto para mi deleitoso asombro…” 

Con estas palabras, que dejó por escrito en un artículo titulado Las llaves de la pared Sur del Naranjo de Bulnes, describió Enrique Herreros (Madrid, 1903- Áliva, 1977) aquella noche mágica que pasó junto a Félix Candela y Roberto Cuñat en lo más alto del Picu Urriellu un 8 de agosto de 1933. Aquella no fue una noche al raso cualquiera. Herreros y sus compañeros de cordada se convirtieron en los primeros escaladores que hacían noche en esta cima del Macizo Central de los Picos de Europa, algo que les permitió ingresar en la historia alpinística del Naranjo de Bulnes. 
Sotres nevado. REPRODUCCIÓN J. CASO


Pero en el museo habilitado en la Casa Bárcena de Carreña no solo será posible acercarse a la pintura de Herreros. En la planta baja hay toda una sala dedicada a la Cueva de Covaciella, descubierta de forma casual en 1994 durante las obras de ampliación de la carretera AS-114, a la altura de Las Estazadas y que supone uno de los últimos y más importantes hallazgos del arte rupestre en la comarca del Oriente asturiano. El equipamiento museístico incluye una réplica a tamaño real del panel de la Covaciella donde destacan varios bisontes, que desde el primer momento destacaron sobre todo por su magnífico estado de conservación. El hecho de que se trate de una cueva no abierta al público da aún más valor a esta réplica que desde el 30 de marzo se puede visitar en Carreña y a la que complementan varios paneles interactivos que permiten al visitante observar con todo lujo de detalles las pinturas rupestres de Covaciella.

Dibujo titulado "Y lo hacen por gusto". REPRODUCION J. CASO


Con todo lo importante que ha sido para Cabrales conseguir abrir al público el Museo Enrique Herreros, ahora queda consolidarlo de cara al futuro. El mismo día de su inauguración se hicieron propuestas para que a lo largo del año se organicen distintas actividades que tengan como protagonistas otras facetas de la vida de Herreros, tales como las películas que dirigió o sus carteles de cine. Sin dejar de apostar por ello, tampoco estaría de más que este museo, el primero que se abre en un municipio del entorno del Parque Nacional de los Picos de Europa, pueda llegar a convertirse en un equipamiento al que se puedan ir incorporando obras de arte de otros artistas, tanto pintura, como escultura o fotografía, siempre con los Picos como protagonistas. Si las cosas se hacen bien este museo está llamado a convertirse en un recurso turístico de primera tanto para Cabrales como para el resto de la comarca oriental de Asturias.





 

lunes, 7 de abril de 2014

El último cestero de la parroquia de Degu

Valeriano Molledo, jubilado y de 77 años, dedica sus ratos libres a fabricar cestos y maconas

Sentado en un taburete Ano dobla una de las baniellas o tiras de madera mientras fabrica un cesto. FOTO: J. CASO
Por Javier G. Caso

  
Hablar de cestería tradicional en el entorno de Cangas de Onís es hacerlo, sobre todo, de la parroquia vecina de San Pedro de Degu, en Parres; y más en concreto, de la localidad de Avalle, lugar en el que durante muchísimas décadas eran numerosos los vecinos que se dedicaban al oficio de cesteros. Para algunos era una forma de conseguir unos ingresos extras que siempre venían bien a la renta de cada familia. Pero en Avalle también hubo profesionales de la cestería. De la evolución del oficio da cuenta un artículo titulado Los cesteros de Avalle, publicado en la Revista de Folklore, de la Fundación Joaquín Díaz y firmado por Manuel Garrido Palacios. http://www.funjdiaz.net/folklore/07ficha.php?id=1658

En la actualidad aunque aún quedan personas como Eladio Abaría o Sacramento García, que fueron cesteros en su día, en Avalle nadie sigue en activo. El último cestero de la parroquia de San Pedro de Degu es Valeriano Molledo Martínez, Ano. Vive en Degu y trabaja en un pequeño taller situado en la planta baja de su vivienda. Es el mismo taller que ya usaba su padre, también cestero. Pero ninguno de los dos hizo de este oficio su profesión. La fabricación de cestos era “para sacar algún dinero”. Por supuesto fue su padre, y algún que otro vecinos, los que le enseñaron a hacer cestos. Los primeros, recuerda Ano”no valían y había que tiralos”. Ano nos cuenta que lo más difícil es preparar la madera que, una vez elegida, hay que cortar siempre con la luna menguante porque el ciclo lunar “influye muchu”. En cuando al tipo de madera, la más utilizada es la de avellano. Pero también vale la de castaño. O la de negrillo, subraya el cestero de Degu. 


Abriendo una tira de madera. FOTO: J. CASO
“La madera se abre en verde, recién cortada”, explica Ano. Lo siguiente será dejarla secar al sol para que cure. Y cuando ya tiene listas las baniellas o tiras de madera con las que confeccionará los cestos o maconas, al cestero le toca cepillarlas, una a una, en el banco de jorgar. A continuación hay que humedecer bien las baniellas para que se empapen de agua. De esta forma el cestero evitará que se fracturen cuando empiece a montar el cesto. “Si lo hago en secu, rompe”, subraya Ano, quien mojará las baniellas varias veces mientras el cesto va tomando forma.
 

Montando el culo del cesto. FOTO: J. CASO
No se trata de una tarea cómoda. Además de “paciencia”, como explica Valeriano, los primeros pasos hay que darlos de rodillas. Sobre una tabla de madera el cestero, y en esta postura, va colocando las baniellas y las va intercalando para formar el culo. Al tratarse de un cesto pequeño trabaja con una decena de baniellas, que en una macona de las más grandes pueden llegar a ser hasta veinte. Además de utilizar las manos, Ano se ayuda de un martillo y un pequeño puntero para dar los últimos ajustes “y que no queden huecos entre les banielles”.

El cesto va cogiendo forma. FOTO: J. CASO


  Una vez lista lo que será la base del cesto, Ano pasa a sentarse en un taburete bajo y prosigue con el montaje ayudado de una navaja. “Nunca calculé el tiempu que mi lleva hacer un cestu porque siempre lo hici a ratos sueltos”. 

Así trabajaba antes de llegar a la jubilación y así sigue a sus 77 años. Por lo general se encierra a su taller si el tiempo está malo. “Si haz buenu prefiero andar por ahí segando con la guadaña o cebando unes xates”. Además reconoce que su cuerpo, sobre todo su espalda, se resiente si pasa demasiado tiempo en el taller doblado haciendo cestos. Por eso trabaja sin prisa. De tal manera que si alguien le pide que le haga un cesto, y no digamos ya una macona que siempre lleva mucho más tiempo, ya sabe lo que le queda: armarse de paciencia. Los plazos de entrega no angustian ni preocupan lo más mínimo al último cestero de Degu. Aunque lo mismo dejará de serlo si, como se anuncia, sale adelante el proyecto que impulsan en Avalle para poner en marcha un taller de cestería tradicional. Ojalá fructifique la idea, se convierta en una realidad y se evite la desaparición de este tradicional oficio tan ligado, durante siglos, a la parroquia de San Pedro de Degu.

Algunos de los cestos ya terminados, en el taller. FOTO: J. CASO































lunes, 24 de marzo de 2014

Milagroso, un xatín nacido por cesárea en Teleña

El quirófano se improvisó en mitad del prau


El ternero, que tuvo que ser reanimado, pocos minutos después de venir al mundo. FOTO: J. CASO

El ternero dio sus primeros pasos antes de  que el veterinario terminara de coser a su madre




Por Javier G. Caso


El periodismo de caleya, como le gusta decir a mi compañera Aitana Castaño de la labor que hacemos los corresponsales de las zonas rurales, es lo que tiene. Uno puede quedar con un ganadero para hacerle una entrevista y toparte con una escena como la que vivimos la tarde del pasado miércoles, festividad de San José, en una finca situada cerca de la localidad canguesa de Teleña.

Al llegar nos encontramos lo más parecido a un quirófano al aire libre, improvisado en mitad del prau. Varios vecinos, entre ellos el ganadero al que íbamos a entrevistar, sujetaban unas cuerdas a las que estaba atada una vaca. La res yacía tumbada mientras el veterinario, sentado sobre una alpaca de hierba, terminaba de coserle el vientre tras haberle practicado una cesárea, asistido por otro vecino que le entregaba el instrumental según se lo iba pidiendo el veterinario.

 La vaca, de raza Parda Alpina y unos siete años de edad, estaba cumplida con creces. Llevaba preñada 9 meses y 28 días y el tamaño de la cría, que se resistía a nacer, hacía imposible un parto normal. De ahí la necesidad de tener que recurrir a una cesárea. Tras abrirle la barriga, el veterinario sacó el ternero. A continuación tuvo que reanimarlo porque había nacido prácticamente muerto. Aunque nadie lo diría poco después. En apenas veinte minutos, y cuando el veterinario César Cifuentes aún no había terminado de coser el vientre de su madre, el xatín empezó a dar muestras de querer levantarse. Lo consiguió al cabo de varios intentos seguidos de otras tantas caídas. Pero no cejó en su empeño. Hasta que se levantó.
 





El xatín, ya levantado. FOTO: J. CASO

El ternero da sus primeros pasos y trata de acercarse a su madre. FOTO: J. CASO

Ya en posición vertical, sus primeros pasos llevaron a la cría a intentar acercarse a la madre, que todavía seguida bajo los cuidados del veterinario. Una vez finalizada la intervención ambos animales, la vaca Perla y su cría, pudieron, por fin, estar juntos. A estas alturas desconozco con qué nombre habrá bautizado al xatín su propietario, el ganadero cangués Javier Echevarría. Allí mismo se barajaron varios, entre ellos Bienvenido. Aunque viendo que el xatu estuvo a punto de palmarla igual quedaba bien que le pusieran Milagroso. Ya les contaremos.



La vaca Perla, aún tumbada, recibe los primeros lametazos de su retoño. FOTO: J. CASO


 

 

jueves, 20 de marzo de 2014

Cangas de Onís, pasado y presente III

Una estampa decimonónica que el desarrollo urbanístico de la capital canguesa se llevó por delante

Palacio de Justicia. FOTO LOTY. FOTOTECA MINISTERIO DE CULTURA



Un rincón de la calle del Mercado de Cangas de Onís. FOTO: J. CASO
POR JAVIER G. CASO

Creánme. Nada de bromas. No es ninguna tomadura de pelo. Es lo mucho que puede cambiar una vista panorámica en virtud del desarrollo urbanístico. Hablo de estas dos fotografías que ilustran y encabezan este artículo. Ambas imágenes, a las que separan nada más y menos que 96 años, están tomadas prácticamente en el mismo lugar: la muy canguesa calle del Mercado. Pero desde luego las cosas que se ven son muy distintas. La fotografía superarior, la que está en blanco y negro se titula "Palacio de Justicia" y es obra de un viejo conocido de EL AUSEVA DIGITAL.

 Se trata del fotógrafo portugués Antonio Passaporte (1901-1983). Este artista visitó Cangas de Onís en 1928 en uno de los muchos viajes que realizó por toda España entre los años 1927 y 1936, contratado por la firma Colecciones Loty, que por aquel entonces comercializa tarjetas postales. Las fotografías de Passaporte pasaron a ingresar el denominado Archivo Loty, creado en Madrid en 1927 y que llegó a estar formado por 12.000 fotografías, todas ellas placas de vidrio, tal y como explica el Ministerio de Cultura en su página web. Precisamente seria este ministerio el que, en 2002, adquirió los fondos que aún formaban parte del Archivo Loty, más de 7.200 placas de vidrio, para evitar su total disgregación y que pasaron a formar parte del Instituto del Patrimonio Cultural de España (IPCE). Pues bien, entre esas miles de fotografías hay varias de Cangas de Onís y una de ellas es la que nos ocupa. En ella vemos, a la derecha, una casa con galería en una finca cerrada con una verja de hierro que ocupa la parte izquierda de la foto. Al fondo destaca la inconfundible fachada del edificio del Ayuntamiento de Cangas de Onís. Construido en los años 80 del siglo XIX según proyecto del arquitecto Javier Aguirre, en un primer momento funcionó como Palacio de Justicia y que desde 1892 pasó a convertirse en Casa Consistorial. Según el Gran Atlas del Principado de Asturias se trataba de la antigua Audiencia de Cangas de Onís. Esta es la descripción que hizo de este histórico edificio el fallecido Don Celso Diego Somoano y que en su día reprodujo el diario La Nueva España: http://www.lne.es/oriente/2012/06/06/palacio-justicia-cangas-onis/1252661.html.


En esa fotografía, al lado de la casa consistorial, se adivina el tejado de uno de los almacenes del ferrocarril que unía Arriondas con Covadonga. Y en cuanto a la casa que se observa en primer término, los cangueses que andamos entre los cuarenta y los cincuenta años, siempre la conocimos como la casa de Charito Torres.  Desde luego no hay punto de comparación entre las dos fotografías. En la más antigua de ellas lo que aparece es un paisaje, precioso, decimonónico. En la segunda, por contra, no vemos más que una fachada, la del edificio que en su día, no sabría decir en qué año, pero en todo a caso a finales del pasado siglo, sustituyó a aquel  precioso inmueble de la calle del Mercado rodeado de huerta y jardín y cerrado con una preciosa rejería de hierro. Lejos de acabar en la chatarra, aquella verja, todo hay que decirlo aún podemos contemplarla en la casa de Les Roces del fallecido Maximino Blanco del Dago, Maxi. No obstante el edificio del ayuntamiento dejó de ser visible desde la calle del Mercado muchos año antes cuando se construyó en los solares situados frente por frente de la casa consistorial en la Avenida de Covadonga, cuyos bajos ocupan hoy en día la heladería La Machaca, Foto Martínez, el restaurante Río Grande y la tienda de artesanía Asturias encantada, que ocupa los locales dónde en su día estuvieron las oficinas de Autocares Mento y el Café Colón


En fin. Sirvan estas líneas para recordar aquel Cangas de Onís de los años 20 del pasado siglo, con imágenes tan bellas y que, por desgracia, desaparecieron a causa del inevitable desarrollo urbanístico. Afortundamente en el IPCE, http://ipce.mcu.es/,  tenemos el Archivo Loty y durante su consulta, en cierta manera podemos viajar en el tiempo para saber cómo fue en su día la capital de nuestro concejo







viernes, 14 de marzo de 2014

En el garaje de Avalle Van

Crónica de un ensayo convertido en un concierto inolvidable y exclusivo

Jose, Varo, David, Yoli y Carlos, Avalle Van,  en un momento del ensayo. FOTO: JAVIER CASO.
 
Por JAVIER G. CASO

No todos los días se tiene la suerte de disfrutar de un concierto para uno solo. O casi. Porque el otro día fuimos dos personas, Pepe Flash y quien escribe estas líneas, los que tuvimos el privilegio de escuchar en exclusiva a Avalle Van. Fue con motivo de uno de los sus ensayos semanales. En su casa. En el garaje de Avalle Van. Todo un lujo.

Por fuera nadie diría que, nada más franquear la puerta, uno va a encontrarse con un verdadero local de ensayos que haría las delicias de cualquier grupo de Rock del más alto nivel. Está totalmente insonorizado y de sus paredes cuelgan guitarras y otros instrumentos musicales, además de fotos y carteles. La iluminación, propia de una sala de conciertos y a la vez intimista, es otro elemento que contribuye a dar más calidez al ambiente. Vamos, que uno está de lo más a gusto si de lo que se trata es de disfrutar de la música que hacen Carlos, Jose, Yoli, David y Naro, o lo que es lo mismo, Avalle Van. Y allí preparan sus actuaciones. A conciencia.

Los había disfrutado ya en otras ocasiones, las dos últimas este pasado verano en sendos conciertos al aire la libre, en la calle San Pelayo y en Cangas de Arriba. Pero nunca antes me había acercado hasta su guarida, hasta el lugar en el que ensayan y dan forma a esas versiones que luego bordan cada vez que tocan por ahí. Y para meterse en ambiente arrancaron con “Locked out of heaven” de Bruno Mars. Así, como si nada. Luego fueron sucediéndose temas y temas de lo más variado como “One” de U2, “El límite” de La Frontera o “Rolling in the deep”, de Adele, entre muchas otras. Se nota, se siente que Avalle Van es un grupo cohesionado y que funciona tan bien como un motor bien engrasado. No rugen, no. Suenan de puta madre. Pero así, en la intimidad, también se nota a la perfeccionan que son un grupo de amigos que se lo pasan pipa cada martes cuando se juntan para tocar y dar rienda suelta a una pasión que comparten: la música. Y allí estuvimos para disfrutarlo, compartir ese momento y contarlo. Un placer. Y gracias por la invitación.




lunes, 10 de marzo de 2014

Bisontes al pie de Peña Sobia

El Parque de la Prehistoria de Teverga muestra dos ejemplares de uno de los animales más representados en el arte rupestre

 

En la imagen los dos bisontes del Parque de la Prehistoria. Al fondo Peña Sobia. FOTO: J. CASO
 Por JAVIER G. CASO

Dejamos atrás el temporal y el buen tiempo del fin de semana invita, por fin, a salir de casa y dar una vuelta hasta algún rincón de aquí, de Asturias. Nos decidimos por Teverga con el propósito de visitar de nuevo el Parque de la Prehistoria una vez que sabemos que esta semana ha incorporado alguna que otra novedad. El de Teverga es uno de esos equipamientos que hace las delicias de los más pequeños de la casa, sobre todo cuando, antes o después, de visitar la Cueva de las Cuevas, donde se exponen las réplicas del panel de los polícromos de Tito Bustillo, de las pinturas negras de Niaux o el Camarín de Candamo, niños y niñas tienen la posibilidad de participar en un taller en el que tienen la oportunidad de emular a aquellos artistas prehistóricos que hace más de 15.000 años pintaban en el interior de las cuevas las siluetas de animales como caballos, cabras, uros, renos o bisontes.

Los dos bisontes vistos más de cerca. FOTO: J. CASO

 Precisamente al parque tevergano acaban de llegar hace unos días una pareja de bisontes europeos que los visitantes pueden contemplar en una finca del recinto y que constituye un nuevo atractivo para este equipamiento cultural, junto a los dos caballos przewalski llegados el mes pasado a Teverga.







  Allí pastan con la Peña Sobia al fondo unos animales muy representados por los hombres prehistóricos, algo que podemos constatar en el mismo Parque de la Prehistoria, no en vano tanto en la Cueva de Cuevas como en la propia Galería, podemos disfrutar de la réplica de algunas famosas pinturas rupestres que tienen al bisonte como principal protagonista, desde los de Altamira, a los de Niaux o los de Covaciella, con una antigüedad de unos 14.000 años. Cerrada al público desde que fuera descubierta en 1994, hasta ahora sólo era posible apreciar los bisontes de Covaciella en la réplica existente en el Parque de la Prehistoria. Sin embargo, a partir del 30 de marzo, cuando se inaugure en la Casa Bárcena de Carreña de Cabrales el Museo Enrique Herreros en los Picos de Europa, también se podrá disfrutar de estas pinturas rupestres a través de una segunda réplica del panel principal de Covaciella.

Bisontes de Covaciella en la réplica del Parque de la Prehistoria. FOTO: J. CASO
 Estos días, y al hilo de la reapertura experimental de la cueva de Altamira, vuelve a hablarse de las bondades de las réplicas y de las copias en el mundo del arte, sobre todo del prehistórico. El asunto mereció una doble página en el diario El País este sábado en su sección vida&artes bajo el título "Ante una gran copia, ¿quien añora un original? del que adjunto un enlace para que ustedes puedan disfrutarlo. http://sociedad.elpais.com/sociedad/2014/03/07/actualidad/1394222230_387695.html

Copia de los bisontes de Altamira que hay en Teverga. FOTO: J. CASO 
 Es verdad que ante la más simple y pequeña de las amenazas no resta más que preservar las pinturas originales y si hay que prohibir, restringir o limitar las visitas, no quedará otra. Todo sea por preservar un patrimonio tan sensible como el arte rupestre Pero que nadie pretenda decir que una réplica, en ocasiones, puede mejorar el original. Porque no es así. Visitar una cueva como la de Tito Bustillo, en Ribadesella, no es sólo contemplar un panel como el de los polícromos. Recorrer la gruta en su totalidad ya es de por sí una experiencia increible y cargada de sensaciones que cada uno percibirá a su manera. Está claro que eso no se recrea con ninguna copia de sus pinturas por mucha calidad y realismo que tengan. Que los tienen.

 Otra cosa es que las réplicas nos permitan disfrutar de las pinturas sin miedo a deterioros con independencia del número que las visiten a diario. O que, como sucede con la réplica del camarín de Candamo que se muestra en Teverga, los visitantes puedan conocer una pintura que ya no existe en el panel original. Sencillamente porque se trata de una pintura que ha desaparecido desde que fuera descubierta hace cien años. Es ahí donde una copia cobra valor. Todo su valor. Y es ahí donde alguien como José Antonio Lasheras, director del Museo de Altamira, tal y como recoge el reportaje de El País, llega a defender la importancia de la réplica "para entender el original". Y añade que la Neocueva de Altamira "no es un sucedáneo. Incluso en cierto modo es más fiel a la cueva paleolítica que la propia original tal y como ha llegado a nuestros días".

Ahora bien, en mi modesta opinión, siempre que se pueda, las cuevas con pinturas rupestres han de ser visitadas. Con todas las limitaciones que se quiera y que impongan tanto el sentido común como el rigor científico. De esta forma estoy convencido de que algunas de las pinturas descubiertas en los últimos años seguirían igual de bien conservadas si hubieran podido ser visitadas por unas pocas personas, aunque fuera solo unos pocos días al año. De no ser posible, siempre nos quedan esas copias geniales como las de la Neocueva de Altamira,  el Parque de la Prehistoria de Teverga, el Centro de Arte Rupestre de Tito Bustillo, la existente en San Román de Candamo o la que pronto abrirá en Carreña de Cabrales.