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lunes, 1 de diciembre de 2014

Las mejores cabras bermeyas de Asturias se crían en el desfiladero de Los Beyos

El pongueto José Ángel Moriñigo, el gran triunfador del último concurso nacional,  mantiene viva la tradición de la ganadería de caprino en el desfiladero del Alto Sella

José Ángel Moriñigo con "Beyusca", campeona nacional de la cabra bermeya, en Corao. FOTO: JAVIER G. CASO


Por Javier G. Caso



El desfiladero de Los Beyos siempre fue, y sigue siéndolo, tierra de cabras y cabreros. El caprino, es con mucho, el ganado que mejor se adapta a esos parajes tan bellos como agrestes y verticales. Apenas hay suelo para la agricultura y los pocos prados llanos que hay son los que consiguieron en tiempos inmemoriales los beyuscos a base de aterrazamientos construidos a costa de mucho esfuerzo y ganados a la verticalidad. Pero la mayor parte de este territorio que atraviesa el Sella en su curso alto y que comparten los concejos de Sajambre, Ponga y Amieva, son unas laderas rocosas y empinadas en las que solo las cabras son capaces de aprovechar unos pastos tan minúsculos como excelentes. Los pastores de los pueblos de los Beyos son los que siempre se han encargado de atender a esos rebaños.

El puente Angoyu, en el desfiladero de Los Beyos. FOTO: J. CASO


 Esa tradición ganadera sigue viva gracias a personas como José Ángel Moriñigo, vecino de San Ignacio de los Beyos y, sin duda, el gran triunfador del último concurso nacional de la cabra bermeya. Moriñigo se presentó el pasado sábado 22 de noviembre en Corao con un rebaño de once animales que mereció ser distinguido con el premio al mejor lote del certamen. Además una de sus cabras, de nombre beyusca, fue elegida por el jurado campeona nacional de la muestra. Pero la cosa no quedó ahí y a estos dos galardonados se sumaron otros cuatro más, entre ellos el de mejor cabritu y mejor chivo joven. La pena de este joven ganadero pongueto, que lleva desde crío dedicado a este oficio, fue no haber podido llevar al concurso a su chivo Mocu. Una pelea con otro animal del rebaño lo dejó sin uno de sus cuernos y este problema estético dejó al castrón sin opciones a presentarse al concurso. No obstante su propietario tiene claro que, sin duda alguna, “es el mejor chivu que tengo”. Por eso, añade, lo mantendrá como principal semental de un rebaño que Moriñigo ha ido conformando poco a poco a lo largo de los últimos quince años desde que, siendo un chavalete, un vecino le regaló una cabrita. “Me la dio José el de El Arenal y criela a mamona. Luego parió dos cabritos”.

Moriñigo con parte de su rebaño días atrás en Vidosa. FOTO: J. CASO


Aunque el grueso de su rebaño lo componen cabras de raza bermeya, Moriñigo también tiene otros animales, como una cabra negra y otra de tonos amarillentos, cuyos colores le son de mucha utilidad a este pastor de San Ignacio ya que las usa a modo de reclamo visual. Y es que localizar desde lejos por los Beyos a sus cabras bermeyas, o “rubias” como las llama Moriñigo, no es fácil porque su color las camufla entre la vegetación de las laderas del Alto Sella. Este ganadero, que también tiene ganado vacuno y ovejas, cría cabras para carne. De lo más ecológica desde luego. No en vano su rebaño pasta libremente por encima de Rubriellos hasta El Derrabau, por encima de la margen derecha del Sella, la mayor parte del año.  Moriñigo solo las guarda cuando a sus cabras les llega el momento de parir, precisamente en esta época del año. Entonces las ayuda y refuerza su alimentación con un poco de pienso y hierba. 

Moriñigo cría cabras desde hace quince años. FOTO: J. CASO

Este pastor asegura que ésta es una ganadería rentable porque los cabritos tienen salida. Pero claro las cosas no son tan sencillas. Su gran problema son los lobos y sus ataques al ganado menor. En lo que va de año estos cánidos se han llevado por delante cuarenta y dos de sus cabras. Por eso, asegura, en los Beyos quedan cada vez menos rebaños de caprino. Está el suyo, el de César y Arsenio en Casielles; las cabras de Mariano en Biamón, las de Colás y Lorenzo en San Ignacio y alguna más de los de El Arenal. Alguna otra cabra queda también en la zona del desfiladero de los Beyos que pertenece a Amieva, como las de Pepito el de Vega de Cien, las de José Antonio Vega, en Cien o las de Rubén el de Ceneya; además de alguna que otra en Pregondón. Es una lástima pero todo indica que, de seguir así las cosas, los apreciados cabritos de los Beyos, una carne con un potencial gastronómico excelente, podrían tener los días contados si quienes los crían acaban abandonando su oficio. Ojalá que esto no suceda. 

Los Beyos, a la altura de la Güera. FOTO: J. CASO


Y si bien los pueblos beyuscos han ido perdiendo gran parte de su población a lo largo de las últimas décadas, con aldeas abandonadas como Rubriellos o Tolivia; que por lo menos, los pocos vecinos que quedan puedan seguir con sus rebaños y que sus cabras sigan sacando provecho a los pastos de la “entalladura fantástica”, tal y como el francés Paul Labrouche bautizó al desfiladero del Sella. Un paisaje en el que en su día “algunos pastores de la comarca conseguían dar la vuelta a la rueda del año siguiendo a un hato de cabras sin salir de la pared”. Así lo explican Gonzalo Barrena y Jaime Izquierdo en su excelente libro Marqueses, funcionarios, políticos y pastores, publicación que nos acerca a los “pueblos pastores” del entorno de los Picos de Europa y que hoy día están representados por jóvenes como el beyusco José Ángel Moriñigo, digno sucesor de otros históricos cabreros de Los Beyos como Rafael Rivero, Ciriaco, Venancio, Lorenzo el del Beyu, Pepe el de Covarcil o Gasparín el de la Caviella.

 

jueves, 29 de mayo de 2014

El Pontón y el Museo de la Siderurgia y la Minería de Sabero

El viaje desde Cangas de Onís por la N-625 permite disfrutar del paisaje del desfiladero de los Beyos y de un equipamiento museístico muy interesante tras un trayecto de apenas 2 horas

La carretera N-625, a la altura del Puente Angoyu, en el desfiladero de los Beyos. FOTO: J. CASO

Por Javier G. Caso


Los municipios ribereños del Sella, todos sin excepción, siempre han tenido en la carretera del Pontón su salida natural a la meseta. La N-625 es, sin duda alguna, una vía de comunicación estratégica para esta comarca del Oriente de Asturias, aunque en los últimos años no haya recibido la atención que se merece. El abandono es tal que el mal estado y el abandono que sufre ya casi nos parece hasta normal.


Pese a todo sigue siendo una de las carreteras de montaña más bellas de toda España, eso que ahora los más cursis denominan vías verdes; sobre todo en el tramo que discurre por los Beyos, el desfiladero del Alto Sella, bautizado en su día por el montañero y viajero francés Paul Labrouche, a finales del siglo XIX, como la “entalladura fantástica”.

Placa que recoge la cita de Paul Labrouche en la Huera. FOTO: J. CASO
 
De críos, tanto cuando íbamos a la escuela como al instituto, ya un poco más mayorinos, hicimos muchos viajes en autobús por aquella carretera tan maravillosa pero plagada de curvas que se retorcía y retorcía por los Beyos y que sólo disfrutaban los que no se mareaban. Los otros, los pobres, si tenían suerte antes de echar la pota, tenían tiempo a pedir la bolsa del mareo para vomitar que, por cierto: ¿Por qué siempre eran azules? Si aquellas excursiones de un día eran turismo, entonces quienes formábamos parte de aquellos grupos de escolares o del catecismo, entonces éramos turistas, palabra entonces desconocida para la mayoría de nosotros.

La carretera del Pontón, en los Beyos. FOTO: J. CASO


En los últimos años es en el verano cuando tengo alguna oportunidad de ir a León, o de regresar, por esta ruta. Siempre solo. Lo que para el resto de la familia es una tortura, para mí, circular por la carretera del Pontón resulta un inmenso placer, uno de esos viajes que siempre estoy dispuesto a realizar y en el que disfruto de verdad conduciendo. Pese a las curvas. Por muchas razones. Ya no es solo por los bellísimos y variados paisajes que se atraviesan. En apenas una hora pasamos del valle medio del Sella, en Cangas de Onís, de las vegas fluviales cada vez más estrechas de Amieva, a un desfiladero tan angosto como el los Beyos, también denominados Foz de Covarcil, un topónimo defendido por el cangués Gerardo López en su último libro. Y tras ese encajonamiento del Sella, ya en su parte alta, el paisaje se abre de nuevo en el valle de Sajambre donde se asientan pueblos como Ribota u Oseja.


Vista de Ribota. Al fondo la Pica Ten. FOTO: J. CASO

 A continuación la carretera serpentea a la vez que asciende, primero por una zona de praderías y luego de bosques, hasta llegar a lo más alto del Puerto del Pontón. Desde aquí no queda más que descender de forma cómoda hasta llegar a Riaño

Alto del Pontón, en la Nacional 625. FOTO: J. CASO

La ermita y la casería del Pontón, muy cerca del puerto. FOTO: J. CASO

Además este viaje ofrece la oportunidad de ponerse nostálgico al volante y evocar, por ejemplo, a aquel bellísimo pueblo, Riaño, que sucumbió en los 80 junto a otros más, bajo un pantano que se comió una parte importante de la Montaña Oriental leonesa. Una comarca, ésta, que aún no se ha recuperado de aquel trauma. Pues bien, entre los atractivos de esta comarca se encuentra un equipamiento museístico de los que merecen la pena de verdad. Se trata del Museo de la Siderurgia y la Minería de Castilla y León, ubicado en la antigua Ferrería de San Blas, en la localidad leonesa de Sabero, a poco más de hora y media de viaje de Cangas de Onís. Tuve el placer de visitarlo el pasado verano durante el mes de agosto en una parada de camino a Veguellina de Órbigo.

Vista de la nave central del museo de Sabero. FOTO: J. CASO


Más allá de sus contenidos museísticos, lo primero que impresiona nada más entrar es el propio edificio de la antigua ferrería, construido en ladrillo y piedra, allá por 1847 y que destaca por su estilo neogótico. Bajo sus enormes arcos apuntados y sus tres naves, la central y las dos laterales, se encuentran las distintas salas de un museo que incluye una maqueta a gran escala del valle de Sabero, una zona en la que las primeras prospecciones mineras se remontan a 1830, en la que actividad extractiva se prolongó durante 120 años y dónde aún se conservan restos de los cargaderos de los hornos de cock que allí funcionaron. En el museo pueden contemplarse varias reproducciones exactas de algunas de las máquinas que en su día funcionaron en la Ferrería de San Blas. Pensar que esos ingenios mecánicos llegaron desde Europa hasta este rincón perdido de la Montaña Oriental leonesa, a mediados del siglo XIX, en carros tirados por caballerías es algo que deja flipado a cualquiera que se pare a pensarlo. Sobre todo si tenemos en cuenta que, de aquella, la línea de ferrocarril entre La Robla y Bilbao, inaugurada en 1894, no estaba aún construida. 

Pozo minero abandonado, en el valle de Sabero. FOTO: J. CASO

La visita al museo permite, a su vez, revivir el esplendor de una comarca minera como la de Sabero. La presencia de varios castilletes de gran porte es lo único que nos hace intuir la importancia que en su día, y hasta los primeros años de la década de los noventa del pasado siglo, tuvo la minería del carbón en este lugar que merece muy mucho conocer y que se encuentra a tiro de piedra de Cangas de Onís y del Oriente de Asturias. En la vertiente Sur de la Cordillera Cantábrica. Anímense a visitarlo.

domingo, 18 de mayo de 2014

Una monografía que estudia en profundidad un desfiladero que es límite entre Cangas de Onís y Amieva

El escritor y montañero Francisco Ballesteros publica "La garganta del Dobra y las sierras de Vis y Amieva"



El autor, firmando libros en Vis. A su lado Enri, uno de sus informantes. FOTO: J. CASO
Por Javier G. Caso

Cuatro de años de trabajo que ahora cristalizan en un voluminoso libro: La garganta del Dobra y las sierras de Vis y Amieva. Ese es el título de la monografía que acaba de publicar el escritor y montañero Francisco Ballesteros Villar (Oviedo, 1940), editada por la Fundación María Cristina Masaveu Peterson y que estudia este territorio desde una triple perspectiva: geográfica, histórica y etnográfica. Para ello el libro se estructura en cuatro apartados, titulados el agua, la tierra, la vida y las rutas, ya que se incluyen hasta 46 itinerarios de los que en su día emplearon los pastores de Amieva y de Cangas de Onís para llegar "hasta los últimos rincones de pasto" existentes en ese desfiladero del Dobra, tanto en sus dos vertientes, como en las sierras de Vis y de Amieva, ambas del lado del concejo del mismo nombre. Se trata realmente de un territorio muy poco conocido y en el que, tal y como ha constatado Francisco Ballesteros, existían numerosas informaciones erróneas por parte de la Administración, debido sobre todo a lo abrupto e inaccesible del desfiladero del Dobra, al menos para quienes no habitan en su entorno.

Portada del libro. FOTO: J. CASO

"Este es un territorio sin caminos", explica el autor, quien además reconoce que las sendas que en su día existieron "han desaparecido" en su mayoría. Ello no impide que Ballesteros, con la impagable ayuda de numerosos vecinos, haya logrado reunir e incluir en su libro algo más de 4.000 topónimos, todos ellos ubicados en la zona de estudio, lo que da cuenta de lo importante que ha sido la ocupación de esta franja de tierra, límite entre los concejos de Amieva y Cangas de Onís, y  que Francisco Ballesteros califica de "hermosa y sobrecogedora". De hecho en algunos puntos la verticalidad es prácticamente absoluta. Y sin embargo la garganta del Dobra ha sido hasta décadas solar de pastores de cabras y ovejas desde el Neolítico, como demuestra el alto número de cuevas utilizadas tanto para guardar el ganado como asentamiento de esos pastores.

La Olla de San Vicente, desde Vis. FOTO: J. CASO
Ni que decir tiene que el gran protagonista de este libro es el Dobra, uno de los principales afluentes del río Sella y que, a lo largo de todo su recorrido, tiene en esa espectacular garganta algunos de sus rincones más bellos y espectaculares, como es el caso de la Olla de San Vicente, uno de sus pozos más impresionantes y que en los últimos años atrae a numerosos turistas. Por encima de la Olla, en la orilla canguesa, queda el Ríu la Vara, la única casa metida de verdad en pleno desfiladero del Dobra y en la que vivió durante muchos años Agustín Crespo. Nacido en Vis, a su regreso de los Estados Unidos ya jubilado, optó por instalarse en el Ríu la Vara porque buscaba un lugar tranquilo y sin ruidos. Su historia es una de las muchas que aparecen en este libro de Francisco Ballesteros, quien a su vez se ocupa de los seis pueblos del concejo de Amieva más próximos a la garganta del Dobra: Vis, Sames, Carbes, San Román, Cien y Amieva. Algunos de sus vecinos colaboraron de forma estrecha con el autor de La garganta del Dobra, hasta el punto de que el propio Ballesteros no ha dudado en afirmar que este libro "no hubiera sido posible" sin la colaboración de esos vecinos que actuaron como informantes acerca de la rica toponimia de la garganta, así como de guías. El libro incluye un buen número de fotografías panorámicas en las que se sitúan los topónimos descritos.

Ni que decir tiene que pese a la descripción de itinerarios que se recoge en el libro, y a pesar de que su autor reconoce que no es partidario de prohibiciones, lo cierto es que el grueso de esos itinerarios sólo están al alcance de montañeros muy, pero que muy, expertos y avezados. Ello no impide que por ejemplo también haya excursiones tan sencillas y bonitas como la que va desde el Puente Dobra hasta la Olla de San Vicente.