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martes, 14 de octubre de 2014

Cinefilia

Miguel Pérez, "Trebolín", y la magnífica colección de películas, máquinas y proyectores de Cine que atesora en Veguellina de Órbigo


Miguel Pérez, "Trebolín", ante el proyector OSSA 6C, la joya de su colección. FOTO: JAVIER CASO
Por Javier G. Caso

Ahora que ha remitido la fiebre del legado del tibu y de otros retos virales más o menos chorras, lo cierto es que, de vez en cuando, te topas por las redes sociales con algún otro de interés y que merece la pena. Hace poco circulaba por el facebook, creo, otro reto o juego de éstos.  Respondía el epígrafe Fotocinefilia. Iba de una propuesta que te hacían para que subieras a la red una foto relativa a alguna película de esas que te hubieran cautivado. Vamos, que demostraras lo mucho que te gustaba el Séptimo Arte y por donde iban los gustos de cada uno.  Viene esto a cuento, a modo de preámbulo o introducción, para hablar acerca de la pasión por el Cine, la que siente el leonés Miguel Pérez, más conocido como Trébol Trebolín por sus vecinos de Veguellina de Órbigo.

Lo suyo sí que es cinefilia. Operador de Cine desde los trece años en los Cines Gordón y Apolo de Veguellina, así como en la sala de proyecciones que existió en su día en Benavides de Órbigo, Trebolín viene a ser un alter ego, un trasunto de Totó, el inolvidable personaje protagonista de esa gran película que es Cinema Paradiso, toda una declaración de amor hacia al Séptimo Arte y aquellos cines de pueblo prácticamente desaparecidos o que, en el mejor de los casos, siguen ahí aunque estén cerrados al público, caso de nuestro Cine Colón de Cangas de Onís.

Fachada del desaparecido Cine Apolo, en la localidad leonesa de Veguellina de Órbigo. REPRODUCCIÓN: J. CASO


La pasión cinéfila de Trebolín no ha remitido con el paso de los años. Ni mucho menos. Se traduce en una excelente colección de proyectores de cine de todos los calibres y tamaños, desde super ocho caseros hasta la OSSA VI C, quizás su pieza favorita y que durante años funcionó en el Cine Capitol de Sama de Langreo, localidad hasta la que Miguel se desplazó para hacerse con ella e incorporarla a su amplio catálogo de piezas de cine. Un proyector, que como casi todos los que posee, funciona y pone en marcha ante cualquiera que llegue a su taller, un lugar mágico por el que tiene desparramados todos sus tesoros, entre ellos multitud de latas con películas, tanto largometrajes comerciales como documentales del NODO.

Lata con un NODO de 1940. FOTO: J.C
Rollos de películas apilados, junto a otras piezas. FOTO: J. C       


 
 




















Dada su condición de mecánico, no en vano trabaja como tal en la Azucarera de La Bañeza tras haber desarrollado esta misma labor en la antigua factoría azucarera de Veguellina de Órbigo, Miguel ha restaurado la mayoría de sus proyectores y eso le permite hacer algo de lo que más le gusta en la vida: poner películas, desde un corto de Disney en una máquina de super ocho, a cintas comerciales en proyectores de mayor tamaño. Tras una trayectoria de más de 20 años como coleccionista, Trébol tiene piezas que son auténticas joyas, como los dos proyectores de la marca francesa Pathé-Baby. Tienen casi cien años y funcionaban a manivela.

Miguel  gira la manivela de una máquina Pathé- Baby. FOTO: J. C.

Detalle de un rollo de película de principios del siglo XX. FOTO: J. C.
Lo bueno de Trébol es que, en contra de lo que hacen esos coleccionistas egoístas, que gustan de atesorar y atesorar cacharros que esconden y guardan para su único disfrute, a él le gusta recibir visitas y enseñar sus cacharros de cine. Hace años, incluso, no dudó en sacar a la calle su proyector OSSA y poner películas a su vecinos en unas sesiones de cine de barrio veraniego, acompañadas de una degustación de sopas de congrio, y  en las que cada uno tenía que llevarse el asiento de casa. De esta experiencia hay documental, obra del cineasta Julián Álvarez, natural de Veguellina y que lleva por título Trébol, cine y sopas de congrio, que puede verse en VIMEO:http://vimeo.com/29382895 

Miguel Pérez sujeta un tomavistas mientras estira un trozo de película. FOTO: J. CASO
 Fue el pasado mes de agosto, entre los días 8 y 10, cuando con motivo de la celebración en Veguellina del I Festival Luna de Cortos, que incluyó diversas proyecciones, todas ellas al aire libre, como las que siempre ha hecho Trebolín, que gran parte de su colección estuvo expuesta al público en el salón de actos que Caja España tiene en Veguellina. Por desgracia fueron muy pocos días y algunos nos quedamos con las ganas de verla. La verdad es que hubiera merecido la pena un período de exposición mucho más amplio porque merece mucho la pena. Su ilusión, y la de cualquiera que ame al Cine, sería poder exponerla de forma permanente. Ojalá que el Ayuntamiento de Villarejo de Órbigo tome nota de ese deseo y se decida a buscarle un local apropiado. Exponer esa colección sería un recurso turístico de primer orden para esta localidad. Además sería la mejor manera de evitar, que todas esas piezas que Trebolín ha logrado reunir con el paso de los años, pudieran acabar yéndose muy lejos de la comarca leonesa del Órbigo. Su pasión por el Cine, su cinefilia, bien se lo merecen. Ojalá lo veamos.  Alguna de las abandonadas naves de la antigua Azucarera de Veguellina sería, además, el lugar ideal para ello. 

Bajo estas líneas, la entrevista que EL AUSEVA DIGITAL le hizo a Miguel Pérez, Trebolín, el pasado verano, en su taller de Veguellina.


jueves, 29 de mayo de 2014

El Pontón y el Museo de la Siderurgia y la Minería de Sabero

El viaje desde Cangas de Onís por la N-625 permite disfrutar del paisaje del desfiladero de los Beyos y de un equipamiento museístico muy interesante tras un trayecto de apenas 2 horas

La carretera N-625, a la altura del Puente Angoyu, en el desfiladero de los Beyos. FOTO: J. CASO

Por Javier G. Caso


Los municipios ribereños del Sella, todos sin excepción, siempre han tenido en la carretera del Pontón su salida natural a la meseta. La N-625 es, sin duda alguna, una vía de comunicación estratégica para esta comarca del Oriente de Asturias, aunque en los últimos años no haya recibido la atención que se merece. El abandono es tal que el mal estado y el abandono que sufre ya casi nos parece hasta normal.


Pese a todo sigue siendo una de las carreteras de montaña más bellas de toda España, eso que ahora los más cursis denominan vías verdes; sobre todo en el tramo que discurre por los Beyos, el desfiladero del Alto Sella, bautizado en su día por el montañero y viajero francés Paul Labrouche, a finales del siglo XIX, como la “entalladura fantástica”.

Placa que recoge la cita de Paul Labrouche en la Huera. FOTO: J. CASO
 
De críos, tanto cuando íbamos a la escuela como al instituto, ya un poco más mayorinos, hicimos muchos viajes en autobús por aquella carretera tan maravillosa pero plagada de curvas que se retorcía y retorcía por los Beyos y que sólo disfrutaban los que no se mareaban. Los otros, los pobres, si tenían suerte antes de echar la pota, tenían tiempo a pedir la bolsa del mareo para vomitar que, por cierto: ¿Por qué siempre eran azules? Si aquellas excursiones de un día eran turismo, entonces quienes formábamos parte de aquellos grupos de escolares o del catecismo, entonces éramos turistas, palabra entonces desconocida para la mayoría de nosotros.

La carretera del Pontón, en los Beyos. FOTO: J. CASO


En los últimos años es en el verano cuando tengo alguna oportunidad de ir a León, o de regresar, por esta ruta. Siempre solo. Lo que para el resto de la familia es una tortura, para mí, circular por la carretera del Pontón resulta un inmenso placer, uno de esos viajes que siempre estoy dispuesto a realizar y en el que disfruto de verdad conduciendo. Pese a las curvas. Por muchas razones. Ya no es solo por los bellísimos y variados paisajes que se atraviesan. En apenas una hora pasamos del valle medio del Sella, en Cangas de Onís, de las vegas fluviales cada vez más estrechas de Amieva, a un desfiladero tan angosto como el los Beyos, también denominados Foz de Covarcil, un topónimo defendido por el cangués Gerardo López en su último libro. Y tras ese encajonamiento del Sella, ya en su parte alta, el paisaje se abre de nuevo en el valle de Sajambre donde se asientan pueblos como Ribota u Oseja.


Vista de Ribota. Al fondo la Pica Ten. FOTO: J. CASO

 A continuación la carretera serpentea a la vez que asciende, primero por una zona de praderías y luego de bosques, hasta llegar a lo más alto del Puerto del Pontón. Desde aquí no queda más que descender de forma cómoda hasta llegar a Riaño

Alto del Pontón, en la Nacional 625. FOTO: J. CASO

La ermita y la casería del Pontón, muy cerca del puerto. FOTO: J. CASO

Además este viaje ofrece la oportunidad de ponerse nostálgico al volante y evocar, por ejemplo, a aquel bellísimo pueblo, Riaño, que sucumbió en los 80 junto a otros más, bajo un pantano que se comió una parte importante de la Montaña Oriental leonesa. Una comarca, ésta, que aún no se ha recuperado de aquel trauma. Pues bien, entre los atractivos de esta comarca se encuentra un equipamiento museístico de los que merecen la pena de verdad. Se trata del Museo de la Siderurgia y la Minería de Castilla y León, ubicado en la antigua Ferrería de San Blas, en la localidad leonesa de Sabero, a poco más de hora y media de viaje de Cangas de Onís. Tuve el placer de visitarlo el pasado verano durante el mes de agosto en una parada de camino a Veguellina de Órbigo.

Vista de la nave central del museo de Sabero. FOTO: J. CASO


Más allá de sus contenidos museísticos, lo primero que impresiona nada más entrar es el propio edificio de la antigua ferrería, construido en ladrillo y piedra, allá por 1847 y que destaca por su estilo neogótico. Bajo sus enormes arcos apuntados y sus tres naves, la central y las dos laterales, se encuentran las distintas salas de un museo que incluye una maqueta a gran escala del valle de Sabero, una zona en la que las primeras prospecciones mineras se remontan a 1830, en la que actividad extractiva se prolongó durante 120 años y dónde aún se conservan restos de los cargaderos de los hornos de cock que allí funcionaron. En el museo pueden contemplarse varias reproducciones exactas de algunas de las máquinas que en su día funcionaron en la Ferrería de San Blas. Pensar que esos ingenios mecánicos llegaron desde Europa hasta este rincón perdido de la Montaña Oriental leonesa, a mediados del siglo XIX, en carros tirados por caballerías es algo que deja flipado a cualquiera que se pare a pensarlo. Sobre todo si tenemos en cuenta que, de aquella, la línea de ferrocarril entre La Robla y Bilbao, inaugurada en 1894, no estaba aún construida. 

Pozo minero abandonado, en el valle de Sabero. FOTO: J. CASO

La visita al museo permite, a su vez, revivir el esplendor de una comarca minera como la de Sabero. La presencia de varios castilletes de gran porte es lo único que nos hace intuir la importancia que en su día, y hasta los primeros años de la década de los noventa del pasado siglo, tuvo la minería del carbón en este lugar que merece muy mucho conocer y que se encuentra a tiro de piedra de Cangas de Onís y del Oriente de Asturias. En la vertiente Sur de la Cordillera Cantábrica. Anímense a visitarlo.