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miércoles, 14 de abril de 2021

En el 90 aniversario de la proclamación de la II República

Así festejó Asturias la llegada de la II República

Ovetenses, en la plaza del ayuntamiento, el 14 de abril de 1931, celebrando la proclamación de la II República: FOTO: LA VOZ DE ASTURIAS

Bajo estas líneas reproduzco el artículo que publiqué hace 10 años en LA VOZ DE ASTURIAS para recordar, por aquel entonces el 80 aniversario de la II República. Hoy, cuando se cumplen 90 años de aquel 14 de abril de 1931, me apetecía recordarlo y compartirlo a través de EL AUSEVA DIGITAL.


JAVIER G. CASO
OVIEDO

 “La noticia del advenimiento de la República ha sido acogida en Asturias con grandes muestras de júbilo”. Con este titular recogió LA VOZ DE ASTURIAS el 15 de abril de 1931 la noticia de la proclamación de la II República Española, un acontecimiento que al igual que en el resto del país se celebró, tanto en Oviedo como en el resto de la provincia, “dentro del mayor orden y el más grande”, tal y como detallaba este diario a seis columnas.

En lo que atañe a Oviedo y tras advertir que lo sucedido en las calles de la capital asturiana “no es distinto a lo registrado en otros lugares de España”, la crónica de LA VOZ ofreció un detallado relato de aquella jornada en la que, ya por la tarde, Asturias festejó la llegada de un nuevo régimen; un día en el que, como dejó escrito un periodista de LA VOZ, “lo verdaderamente importante, y ante lo que nos sentimos vivamente complacidos como ovetenses y como asturianos, es que en ningún momento se ha alterado la paz pública. Y con paz por delante pueden esperarse cosas provechosas”, apuntó esperanzado el periodista que relató como vivió esta región la proclamación de la II República.

Tuvo que ser frenética la actividad vivida en el seno del comité provincial revolucionario reunido ya desde por la mañana. Su delegado Amador Fernández se mantuvo en comunicación con la Casa del Pueblo de Madrid para recabar información y recibir órdenes mientras en las calles crecía y crecía el ambiente festivo de la mano de los estudiantes de la Universidad, los primeros en salir a la calle a celebrar el cambio de régimen. Ya por la tarde, “el comité central contestó que el rey había denunciado a la corona de España” y que Niceto Alcalá Zamora era el presidente del nuevo Gobierno Provisional. Por lo tanto las órdenes eran posesionarse del Gobierno Civil, de la Diputación y el Ayuntamiento”. A las cuatro de la tarde un grupo de manifestantes, que ya portaba banderas republicanas, se dirigió al Palacio provincial, la sede del actual Parlamento asturiano. Representantes de los manifestantes pasaron al interior para salir después al balcón principal donde izaron la bandera republicana “entre vítores y aplausos entusiásticos”. A continuación hubo un discurso que terminó “con vivas a la república, España y otros, ahogados con los vítores y los aplausos prolongadísimos”.

De la Diputación los manifestantes se dirigieron a la plaza del Ayuntamiento. Al comprobar que ya ondeaba la bandera republicana, la multitud optó por dirigirse al Gobierno Civil, “uniéndoseles en la Universidad grupos de estudiantes tremolando las banderas de las facultades”. El júbilo, con más aplausos y vivas a la República, creció aún más cuando los manifestantes vieron aparecer en uno de los balcones al socialista Teodomiro Menéndez y otros miembros de la conjunción republicano-socialista. El comité provincial estaba ya en el Gobierno Civil con la intención de dar cumplimiento a las órdenes llegadas desde Madrid: que Teodomiro Menéndez se hiciera cargo del Gobierno Civil y Sergio Sampil de la Diputación, algo que aún se demoró unas horas ante la negativa del gobernador civil, el señor Rosón, quien adujo que “aún no tenía órdenes superiores para hacer entrega del cargo a nadie”. Lejos de abandonar el lugar, los miembros del comité provincial revolucionario y concejales electos optaron por reunirse en uno de los salones del Gobierno Civil bajo la presidencia de Teodomiro Menéndez. En aquella reunión, según el relato de LA VOZ DE ASTURIAS, “se trató, entre otras cuestiones, de la manera de comunicarse con el resto de la provincia y disponer que dentro del mayor orden se fuesen posesionando de los Ayuntamientos”. A continuación constituyeron el nuevo Ayuntamiento de Oviedo y “por unanimidad”, todos los presentes designaron como alcalde de Oviedo al republicano Luis Laredo. Y mientras permanecían reunidos se recibían adhesiones, como las del personal de Correos y Telégrafos en las que “incluso se facilitaron datos de comunicaciones entre el personal de Telégrafos de esta estación con las de otras del resto de España confirmando que la República había sido proclamada en las principales provincias”. En aquella reunión Teodomiro Menéndez apostó por garantizar el orden público. Y si bien se mostró a favor de “dar al pueblo el máximo de libertades” para celebrar la llegada de la República también apostó por “reprimir con energía a quienes al amparo de estas libertades pretendan realizar hechos de bandidaje”. En aquel momento eran ya miles de personas, algunas fuentes hablan de 4.000, las que se habían concentrado ante el Ayuntamiento de Oviedo, hacia donde tuvo que partir el nuevo alcalde, Luis Laredo, para “aplacar la impaciencia de aquellos manifestantes”.

Mientras tanto, desde uno de los balcones del Gobierno Civil, Teodomiro Menéndez se dirigió a la multitud. En su discurso, el que fuera primer gobernador civil de Asturias durante la II República se felicitó de cómo el nuevo régimen había sido proclamado en España “sin necesidad de que se mancharan las calles con una sola gota de sangre”. Y al mismo tiempo Menéndez aconseja prudencia para que nadie “deshonre” al nuevo régimen y pide “sensatez y cordura” en estos primeros momentos de la República. “El ciudadano, con el nuevo régimen, tendrá libertad de conciencia, de opinión, derecho de reunión. Pero tened presente que el que robe, el que asesine, el que atropelle la propiedad particular, será juzgado inexorablemente”, afirmó Teodomiro Menéndez en un discurso que deja patente el carácter democrático de la incipiente República. A la espera de que llegase desde Madrid, no sería hasta por la noche, la confirmación oficial de su nombramiento como Gobernador Civil, Menéndez dejó claro que sería un encargo provisional, con el que, añadió, “procuraré encauzar las cosas por su verdadero camino. Pero en tal puesto habré de durar muy poco; los de la conjunción no venimos con ganas de mando, venimos sencillamente a recoger los que nos pertenecía y lo que tantos años recabamos en la calle, en mítines, en todas partes. Y, ahora, después de mostrar el natural regocijo, a disolverse, dedicándose a las naturales diarias distracciones”, concluyó Teodomiro Menéndez, cuyo discurso fue seguido de “prolongados aplausos y Vivas a la República”.

Mientras tanto en el Ayuntamiento de Oviedo la llegada de las nuevas autoridades republicanas con el nuevo alcalde a la cabeza, Luis Laredo, fue recibida con “grandes vítores” y más aplausos, que fueron a más cuando Laredo salió al balcón del ayuntamiento y fue presentado a los ovetenses por el José Bulla Rodino, quien hubo de interrumpir su discurso al paso por la plaza del ayuntamiento de un entierro ante el que el público respondió con un el “mayor de los silencios”. Una vez desaparecido el cortejo fúnebre Buylla pudo continuar con su intervención. Al concluir pidió a los manifestantes que se disolvieran dentro del “mayor orden”. Antes las nuevas autoridades tuvieron dar explicaciones a los asistentes que reclamaban “a todo trance el retrato del rey”. Y para calmar los ánimo, como cuenta LA VOZ “el orador les dijo que ya se había quitado de la presidencia del salón y llevado a la trastera”. Posteriormente quedó constituida la nueva corporación municipal bajo la presidencia de Luis Laredo, quien asumió la alcaldía ya de forma efectiva al día siguiente.


Manifestaciones y cierres comerciales


La animación en las calles para festejar la llegada de la República se hizo más patente en Oviedo a partir de las seis de la tarde tras echar el cierre “la mayoría de los almacenes” y muchos de los comercios de la capital asturiana. Según el relato de LA VOZ, “De todas partes, sin saber donde y como se formaban, aparecían afluyendo a la calle de Uría nutridas manifestaciones. La cordura seguía imperando. Solo se escuchaban vivas a la República, que eran contestados entusiásticamente”. A las seis y media, por la calle Argüelles discurrió una manifestación “nutridísima” según la crónica de este diario. A la cabeza de la marcha, los manifestantes portaron la nueva enseña nacional tricolor, mientras que en un camión “iban todas las banderas de las distintas sociedades obreras” locales. Por delante del vehículo una pancarta donde se podía leer también “Viva Rusia”. También se encargaron de animar el ambiente los trabajadores de Correos, cuyos vehículos oficiales llevaban a la vista la bandera republicana. En ningún momento hubo incidentes en Oviedo durante la jornada de proclamación de la República, si bien ante la Diputación el nuevo presidente, Sergio Sampil, hubo de pedir la retirada de varios agentes de la Guardia Civil, que en un primer momento parecían dispuestos a impedir que los manifestantes colocasen la nueva bandera en el Palacio Provincial, siguiendo órdenes del gobernador saliente, un gesto que le fue reprochado por Teodomiro Menéndez ante la confusión creada. Oviedo era una fiesta animada por la Banda de Música del Hospicio Provincial, después de mucho insistir por parte de un grupo de manifestantes que querían poner música a la llegada a la II República. Mientras tanto, y en un “concurridísimo Gobierno Civil”, en el que el público llegó a invadir el despacho de su titular y mientras allí permanecían los miembros del comité revolucionario, la tarde discurría sin que el gobernador civil monárquico, Rosón, acabara de formalizar el traspaso de poderes a Teodomiro Menéndez, aduciendo siempre el primero que llegaban órdenes concretas de Madrid. En su recorrido por las calles de Oviedo, aquella tarde del 14 de abril, grupos de jóvenes se encargaron de rebautizar las calles “que llevaban nombres de personas de la Dictadura, rompiendo las placas y sustituyéndolas por letreros con nombres de las víctimas de la sublevación de Jaca”.

Por otra parte una comisión de las fuerzas republicano-socialistas de Gijón acudió al Gobierno Civil para solicitar la puesta en libertad de los presos políticos, una petición que se atendió tras encontrar las nuevas autoridades una fórmula legal. Mientras tanto en su edición del 15 de abril LA VOZ también incluyó declaraciones del nuevo presidente de la Diputación, Sergio Sampil, quien tras expresar su confianza en los funcionarios provinciales, mostró su satisfacción “por ponerme al servicio de la República. Ya de noche el gobernador civil cesa en su cargo, que pasa a ser asumido por el socialista Teodomiro Menéndez, quien informa al nuevo ministro de la Gobernación, Miguel Maura. Ahí surgirá otra de las anécdotas del día que el telegrama de Menéndez se cruza con una circular del ministro en la que ordenaba que todos los Gobiernos civiles fuesen asumidos por los presidentes de las Audiencias. En el caso de Asturias Teodomiro Menéndez, una vez enterado, comunicó la orden al señor Prendes Pando y a las once y media de la noche el presidente de la Audiencia Provincial se hizo cargo del mando de la provincia.

Por lo que se refiere al resto de Asturias, y con el mismo clima de tranquilidad y fiesta, la proclamación de la II República fue acogida con el mismo entusiasmo, un acontecimiento que contribuyó a difundir LA VOZ DE ASTURIAS, tal y como se recoge en su edición del 15 de abril. “La noticia del cambio de régimen la fuimos comunicando a los corresponsales de los pueblos dotados de línea telefónica, y estos nuestros colaboradores la expandieron por entre los vecindarios respectivos, causando mucha emoción en todas partes”. Además las llamadas a la sede del periódico, de Oviedo y de otros lugares de Asturias, fueron “incontables” a lo largo de aquel histórico 14 de abril, una noticia que algunos no acababan de creerse. “No faltaron los incrédulos que insistían en la pregunta y requerían detalles de todo género”, recoge LA VOZ, que recuerda aquella jornada como “larga y fatigosa, aunque todo el esfuerzo lo damos por bien empleado en obsequio de nuestros lectores y amigos”.

En Gijón la crónica de LA VOZ destaca la presencia de gente en la calle “desde las primeras horas de la mañana” a la espera de acontecimientos. “Enorme gentío invadió la calle Corrida y la plaza del Carmen, estacionándose ante el Círculo Republicano Federal en la confianza de que allí se recibirían noticias de Madrid. Los gritos de Viva de la República se dejaron oír cuando se supo que el último Gobierno de Alfonso XIII tenía prevista la convocatoria de unas Cortes Constituyentes. Tras aquello, en la calle Corrida se organizó la manifestación “engrosada por miles de almas”, que se dirigió a la plaza del Ayuntamiento. A la cabeza marcharon varios de los concejales electos que formaban parte de la coalición republicano-socialista. Ya en el ayuntamiento, una comisión encabezada por Dionisio Morán Cifuentes trasladó al alcalde “la protesta del pueblo de Gijón ante el anuncio de que se intentaba dilatar la resolución inevitable del cambio de régimen, acudiendo a la convocatoria de Cortes Constituyentes”, una fórmula que se descartaba en aquel momento tras las elecciones municipales celebradas dos días antes. Aquella comisión demandó al regidor gijonés que “comunicase al Gobierno el deseo terminante del pueblo de que se proclamase la República sin más trámites en bien de la tranquilidad y el orden”. Acto seguido los miembros de la comisión salieron al balcón del consistorio gijonés desde donde Morán Cifuentes trasladó a la multitud el deseo de los gijoneses de que se proclamara la República, algo que no tuvo lugar en la Villa de Jovellanos hasta las cinco de la tarde después de que en las pizarras de los periódicos apareciera la noticia de la abdicación del rey.




LA VOZ informó a un periódico de Portugal


Eran las nueve y media de la noche del 14 de abril cuando la cabina de comunicaciones de LA VOZ DE ASTURIAS avisa a la redacción que, de las múltiples llamadas recibidas, hay una de Portugal, que arranca con una saludo “en luso mezclado con castellano”. ¿De quien se trataba? “Era un periodista del diario O’ Seculo que inquiere noticias de la proclamación de la República en Oviedo. Le damos las que tenemos, insistiendo repetidas ocasiones que en esta provincia la tranquilidad es absoluta”.




 

martes, 2 de diciembre de 2014

De la lectura del último libro de Lorenzo Cordero

“El rojo color de la memoria” ( ediciones Trea) se mueve entre la autobiografía y la crónica de Asturias durante la dictadura franquista

Portada del libro de Lorenzo Cordero, editado por Trea. FOTO: JAVIER CASO
 Por Javier G. Caso

 
Lo de maestro de periodistas es algo tan manido que lo más fácil es que no le guste que lo llamen así. Sin embargo son muchas las enseñanzas que, para cualquiera que ejerza este oficio, están recogidas entre las páginas de El rojo color de la memoria ( Ediciones Trea), libro del que es autor Lorenzo Cordero Rosete ( Ribadesella, 1927). Hablamos de una obra que contiene los 51 artículos que, en forma de serie y con el mismo título, publicó cada domingo entre marzo de 1994 y 1995 en las páginas de La Voz de Asturias, periódico en el que Cordero entró a trabajar en 1965, del que llegó a ser director, y en el que escribió hasta su cierre en abril de 2012, triste final para una cabecera que estaba a punto de cumplir los 90 años.

El periodista riosellano en el despacho de su domicilio de Oviedo en abril de 2012. FOTO: J. CASO.

 
Tal y como afirma en el prólogo del libro el profesor de Historia de la Universidad de Oviedo, Francisco Erice, no resulta fácil encuadrar o clasificar El rojo color de la memoria en un determinado género. Hay mucho de autobiográfico, pero a la par tiene muchísimo de crónica de la historia de Asturias a lo largo de los cuarenta años que duró la dictadura franquista, un relato en el que Lorenzo Cordero va dejando, a modo de pequeñas piedras o migas de pan que marcan un camino, sus principios personales, así como sus opiniones acerca de cómo se debe ejercer el periodismo. Pero no lo hace a modo de lección, es mucho más simple. El veterano periodista riosellano da cuenta, y nos cuenta, cómo ejerció este oficio en una época tan oscura y difícil para algunos periodistas, tal y como fue su caso, a la par que cómoda para otros plumillas. También relata su propia trayectoria personal, marcada por el fusilamiento de su padre en el cementerio gijonés de Ceares en diciembre de 1937, un hecho que lo convirtió en el hijo de un rojo, marcado en aquella España franquista por las ideas políticas de un padre que había militado de forma activa en el sindicato anarquista, la CNT. Cordero nos cuenta que fue un niño al que otros increpaban por no asistir al catecismo ni a misa y que apenas cinco horas de que ejecutaran a su progenitor vio cómo sus verdugos intentaron humillar a su madre mandándola a fregar el Casino riosellano. En su relato se describe como un niño refugiado en la lectura y que creció entre libros, una compañía que nunca le ha abandonado como puede comprobarse en una visita a su domicilio. Buen estudiante Cordero tuve que enfrentarse a la decisión del Ayuntamiento de Ribadesella de denegarle una beca por motivos políticos para acceder al Bachillerato Superior. La ayuda, sin embargo, la obtuvo después de la Diputación Provincial. En cuanto a sus avatares políticos el periodista también describe su paso por la Escuela Oficial de Periodismo de Madrid y su posterior desembarco en La Voz de Asturias.

Una de las entregas publicadas en LVA.
Otro de los capítulos.





















Especialmente curiosas son sus referencias a ese periodismo de lenguaje críptico, cuando no surrealista, que él mismo tuvo que practicar bajo seudónimo para evitar las duras condiciones que el régimen franquista imponía al ejercicio de la profesión periodística. De eso iba la columna de Horacio de La Voz de Asturias con ejemplos como aquella frase que, viniendo de Lorenzo Cordero, era toda una declaración de principios: “ Yo escribo con la derecha, pero sujeto la cuartilla con la izquierda”. O aquella otra recogida también en su libro y que dice: “Yo, peatón. ¿Y usted?”. Aquella frase, nos explica el periodista de Ribadesella “ trataba de proclamar el izquierdismo del columnista: los peatones, por la izquierda”. Y es que tal y como advierte Cordero, desde hace años Cronista Oficial de Ribadesella, en la España de Franco un periodista no tenía más que dos caminos: “ O te dedicabas a incensar a los bonzos del sistema o camuflabas tu pensamiento entre frases que, en una primera lectura, parecían tonterías pero, en una segunda y, después, con el hábito adquirido, el lector leía entre líneas la crítica que echaba de menos. Era un asunto de complicidad clandestina. Frente a esta vía estaban los periodistas más cautos, y que según Cordero, optaron por ejercer la autocensura. Esta postura, a su juicio, es “la peor de las enfermedades que puede adquirirse en un periódico”. En un epígrafe titulado Posibilidades de la profesión, Lorenzo Cordero describe los distintos tipos de periodistas con los que se topó durante aquellos años: los que ejercieron el riesgo de la libertad de expresión, los que optaron por un puesto tranquilo o incluso aquellos que, según el riosellano, “ se olvidaron de lo que son, profesionalmente, y pasaron a ser funcionarios en la empresa privada, con sus influencias a tope, o en un organismo oficial”. En su libro también ocasión de hablar de la famosa ley de Prensa e Imprenta de 1966, más conocida como la ley Fraga. Aquella norma, nos explica Cordero, lejos de equivaler a la libertad de expresión, algo impensable bajo el paraguas de una dictadura como la de Franco, serviría para liquidar el método de la censura previa. Sin embargo añade que “ese quehacer inquisitorial se trasladaba a los directores de los diarios”. Se trataba pues, a juicio del veterano periodista de Ribadesella, de una censura delegada, “pero censura al fin y al cabo”. A este respecto Lorenzo Cordero alaba en su libro el papel que jugó en La Voz de Asturias un director como José Díaz Jácome, de quien dice que “demostró una inteligente permisividad a la vez que procuraba poner freno, suavemente, a los más vehementes muchachos que se impacientaban por practicar un periodismo cuyo concepto básico fuera la democracia y no las Leyes Fundamentales del Movimiento”. Por eso, añade, desde 1966 La Voz de Asturias trataría de ir aproximándose, “ lo más cautamente posible”, al periodismo democrático.


Lorenzo Cordero, con Alejandro Barrero, el pasado verano en Ribadesella. FOTO: J. CASO


Tampoco faltan en su libro referencias a los periodistas de “absoluta confianza” del régimen, que no eran otros que los que escribían las crónicas de las visitas que Franco cursaba a Asturias de vez en cuando, entre otras cosas para pescar en el Sella o el Narcea. “La adhesión incondicional alcanzaba en estos periodistas de la prensa privada y de la oficial fervores apasionados y delirantes. Las hemerotecas no mienten...” Frente a esa postura Cordero asegura que seguía a lo suyo, ejerciendo de “francotirador oculto tras eufemismos, frases crípticas, opiniones escritas entre líneas y practicando el discurso del absurdo”. Así hasta que en diciembre de 1970 sucedió algo por lo que el periodista riosellano acabó siendo acusado ante el mismísimo Tribunal de Orden Público (TOP). Sucedió cuando tras recibir un comentario alusivo al gravísimo estado de salud de Franco, que algunos casi dieron por muerto en aquel momento, en una columna de La Voz de Asturias titulada A diestro y siniestro, y bajo un título que ponía Rumores apareció escrito aquello de “Dicen que murió el raposu”. Y estalló el escándalo. Un gran escándalo. De esta forma, según Cordero, “en Oviedo una absurda frase tomada del rico folclore regional provocó una crisis de Estado inspirada en el más puro estilo de las astracanadas teatrales de Muñoz Seca”. 

Cordero mira a la cámara mientras sujeta un ejemplar de La Voz de Asturias. FOTO: J. CASO
 
Aquel suceso movilizó hasta al mismísimo comisario Claudio Ramos, al que Lorenzo Cordero describe como “el gran trampero del régimen en Asturias” y como un verdadero “cazador de rojos”. Aquel policía llegó incluso a afirmar por aquel entonces que había llegado la hora de ajustar cuentas con aquel periodista de La Voz de Asturias al que tildaba de “canalla rojo” en alusión a Cordero. “Hasta ahora pudo salvarse gracias a su supuesta habilidad para no caer en el delito. Pero ahora ya no tiene excusa. No se salvará como en otras ocasiones. Lo tenemos cogido y bien cogido”, habría afirmado aquel temido jefe de policía obsesionado con perseguir a los comunistas. Tras aquel suceso, y además del proceso judicial que se abrió contra él, Lorenzo Cordero también sufrió la desafección hacia su persona de compañeros de redacción que le negaban el saludo, tal y como relata en su libro, o que ya no gustaban de tomarse un café con él. Mientras tanto el enojo del régimen era más que evidente cuando hasta el ministro Alfredo Sánchez Bella, en aquel momento titular de la cartera de Información y Turismo, llegó a afirmar: “quiero la cabeza de ese Cordero”, mientras dejaba claro que la solución era “o Lorenzo Cordero o La Voz de Asturias”. Esas fueron las opciones que aquel ministro les dio a los entonces director y editor del diario durante una entrevista que mantuvo con ellos. Y claro, en esa situación, la cuerda terminó por romperse por el lado mas débil. De esta forma Lorenzo Cordero fue despedido de La Voz, si bien el periódico siguió pagándole el sueldo que le era enviado todos los meses a su casa “en sobre y mediante y recibo”, tal y como cuenta en su libro. Además tuvo que presentarse ante el titular de un Juzgado de Oviedo tras ser alertado por un compañero del periódico cuando nadie lo había citado de manera oficial. De esta forma Lorenzo Cordero, según rememora en las páginas de El rojo color de la memoria, acabó declarando delante de un juez, si bien lo primero que éste le aclaró fue que todo era cosa del entonces todopoderoso TOP, el Tribunal de Orden Público, al que tendría que remitir su declaración.

De aquellos años en los que no pudo ejercer su profesión, Cordero asegura que pudo sentir lo que era verse convertido en una especie de apestado social. En clara alusión al ambiente que entonces se respiraba en Oviedo, “noté que la ciudad se abalanzaba sobre mí”, mientras subraya que solo unos pocos amigos se mantuvieron a su lado. Aquella historia, aquel despido que afectó y tuvo como protagonista al periodista que “osó matar a Franco”, se prolongó durante cinco largos años. Según sostiene en su libro Lorenzo Cordero tiene claro que aquella famosa frase de “dicen que murió el raposu” no fue más que la excusa que algunos llevaban tiempo aguardando, “un pretexto utilizado por algunos para ponerme un bozal y emplomarme la pluma por otras cosas. Por reivindicar el derecho a ser uno mismo en un régimen que solo supo anular al otro”. Pero pese a todo, y con la complicidad de los responsables de La Voz de Asturias, Cordero pudo seguir escribiendo, eso sí, con más de una veintena de seudónimos. Seis años después del incidente, uno más desde la muerte de Franco, “cuando le concedieron a mi nombre la libertad”, Lorenzo Cordero pudo recuperar su firma y dejó de ser un periodista clandestino. A partir de ahí, y ya durante la etapa de la llamada Transición, el periodista subraya el papel jugado por La Voz de Asturias y destaca las actividades organizadas por este diario entre los años 1977 y 1980. Todas ellas, asegura, encaminadas a ofrecer una información política desde la libertad profesional. “Aquellas cenas de La Voz de Asturias- como eran conocidos aquellos eventos que fueron una serie de encuentros con los políticos que concurrían a las primeras elecciones de la democracia- fueron escuelas de democracia y foro para la inteligencia”, rememora Lorenzo Cordero.

En el último capitulo del libro, titulado Confesiones de parte, aparece un autorretrato del periodista riosellano. Cordero alude a los sentimientos que, entiende, mejor definen su carácter: el pesimismo y el escepticismo. Y alude a ambos cuando al hablar de la Transición y de su significado asegura que no fue otra cosa que “una reforma del régimen franquista”. A este respecto no duda en añadir que la Transición política española “embalsamó la democracia orgánica, pero no la sustituyó por la democracia de las libertades; una democracia por la que muchos han suspirado y que, seguramente, habría llegado si en vez de por transición hubiesen optado por ruptura”, señaló Lorenzo Cordero con ese sentido crítico que lo caracteriza y que emana directamente de esas dos “coordenadas”, pesimismo y escepticismo, las cuáles advierte “no me condicionan, sino que inspiran mi personal entendimiento de la vida”. En definitiva la lectura de El rojo color de la memoria nos permite acercarnos tanto al personaje y a su trayectoria periodística, así como percibir el férreo control que el franquismo ejerció sobre los medios de comunicación y del que algunos periodistas como Lorenzo Cordero trataron de librarse como pudieron.